El gran apagón

Se levantará una mañana con síntomas concluyentes, se mirará al espejo con la intuición de que algo no va bien: párpados hinchados, úlceras en boca, fiebre alta, tendrá claro que se trata de una infección letal.Inmediatamente se conectará a la red para iniciar el proceso de sincronización diario, esta vez el resultado será preocupante. Será infectado por un virus que avanzará lentamente buscando la unidad central de proceso, con el objetivo de destruirla.

Pasados unos minutos, se producirá el proceso de desinfección. Seguirá las instrucciones precisas y quedará esterilizado totalmente.

Pasarán varios días y se encontrará totalmente recuperado, los chequeos de días posteriores arrojarán resultados satisfactorios, ni rastro del virus, el sistema estará  yermo de todo mal.

Vivirá en una sociedad tecnológicamente avanzada donde gobernarán científicos y técnicos, al contrario que en la actualidad, gobernada por políticos corruptos y religiosos manipuladores. Será extraordinario saber que los avances científicos son compartidos en tiempo real con independencia del país y de la persona que lo lleve a cabo, esperanza y calidad de vida serán notoriamente superiores.

Se vencerá al cambio climático, no existirán combustibles contaminantes y todos los residuos serán biodegradables, se tratará de una sociedad tecnológicamente perfecta, carente de guerras, sin sufrimiento, sin envidias, premiará el amor y respeto al prójimo donde el lema se basará en el beneficio común, en el hoy, mañana y siempre.

Saldrá a la calle, pero algo no habrá cambiado, ahí fuera no habrá luz natural, seguirá asistiendo a las consecuencias del gran apagón.

<continuará>…

Con olor a barrio.

Aún así, el enclave me parecía maravilloso, un bancal lastrado, con multitud de ramas secas, grillos y salamanquesas. Lo primero que hacíamos cuando empezaba el verano era reunirnos en aquel lugar, si los boletines lo permitían, cargados de cubos, palas y rastrillos. Tras varios días de trabajos forzados, y casi siempre coincidiendo en viernes por la tarde, teniamos a nuestra disposición nuestro campo de futbol, el más deseado. La esquina era nuestro punto de encuentro y la hora las cuatro de la tarde. Puntuales eso sí, con el único objetivo de compartir y de soñar con los goles que estaban por venir.

Siempre vestíamos de corto, en verano y en invierno. El calzado era lo más preciado, como máximo unas Marco Amat, hicieras lo que hicieras tenías que llegar a casa limpito y con una sonrisa reluciente. La pisada era fundamental para determinar la disposición de los equipos, quedar para el último decía mucho de nuestras capacidades y de nuestras limitaciones, pero como no había banquillo, no se corrían grandes riesgos.

Nuestras aficiones pasaban por ser del equipo que nuestro padre nos legó, la mayoría del Madrid y del Barsa, algunos, como yo, del glorioso Atlético de Madrid. Sólo había una pelota, de cuero y el partido se acababa cuando el dueño se iba a casa, ni antes ni después. Amigo lector, puedes estar seguro de que si el balón era mío, el partido se demoraba hasta horas intempestivas.

El rectángulo de juego lo dividía una línea imaginaria, siempre en dos partes simétricas. La parte más solicitada correspondía a la portería que no daba a la carretera, con el riesgo que suponía, era la zona de los grandes goles, de las grandes paradas, de los grandes regates y de los cortes de manga. Dispuestos los equipos en el terreno de juego, barrio contra barrio, se oia un silbido que determinaba el inicio de partido. La táctica de juego utilizada era bastante simple, portero, defensas y delanteros. Las porterías quedaban definidas por por dos piedras cubiertas con camisetas blancas, así le daba mayor visibilidad. El larguero dependía del tamaño del portero, siempre hasta donde su mano alcanzara, nunca jamás pudimos tener travesaños e imaginábamos los tiros al palo como si de goles se tratara.

Las reglas eran las mismas que en los partidos de primera y la mayoría de las veces no se admitían balonazos. Casi nunca había espectadores, a veces se dejaba caer algún vecino, algún buscador de jugadores con olor a pescado, para el Oriente o el Pavía.

Nunca hubo grandes peleas y el juego era limpio, llegabas abrazado y salías abrazado, magullado pero contento. Años después paso por aquel lugar donde ahora se alza un edificio de seis plantas, todavía puedo oler el particular olor a tierra seca y escuchar el sonido de los grillos zapateros, siento el abrazo del Buitre, que sudado me dice — buen partido Polilla.

Así jugábamos antes, así vivíamos antes y así lo recuerdo ahora.

Lunático al sol.

Lo más divertido de vivir en la cara oculta de la luna es que siempre es de noche, hecho tremendamente importante para un albino como yo.

Llevo varias décadas viviendo a la orilla del mar Moscoiense, mis padres se trasladaron allí cuando nací, seguramente por mi enfermedad, aunque siempre aducían que fue debido a lo mal que le quedaban a mi padre las gafas de sol, dada su prominente nariz aguileña y una desviación de tabique nasal nada despreciable. Me preguntaba cómo sería un atardecer, un eclipse de sol, incluso sentía el influjo en los días de luna llena (aunque esto último no podría asegurarlo). Con mis amigos solía hacer turismo de montaña, o de cráteres, mejor dicho. Este año tocaba visitar el cráter Apolo, pero no lograron convencerme, me apetecía hacer algo diferente. Los folletos de la agencia de viajes proponían unas vacaciones de sol y playa, destino La Tierra, Almería y sus playas fueron la opción elegida. No tenía ropa para la ocasión, el lugar en el que vivo es tremendamente húmedo y con temperaturas que no bajan de los -170 C en invierno, y en verano. Realmente no hay estaciones en la cara oculta de la luna, pero yo marco el calendario, imaginándolas.

Lo que más me costó encontrar fue unas buenas gafas de sol, que debían quedarme un poco mejor que a mi padre, y una crema solar con factor suficiente para mi delicada piel, factor 80 fue lo más atrevido que encontré. El viaje fue largo, pero ameno. Pasé la mayor parte leyendo novelas de Verne, mi favorito. Acababa “de la tierra a la luna” cuando vislumbré el planeta azul por primera vez, no tardé demasiado en localizar la bota, poco después la Península Ibérica y enseguida mi destino, Cabo de Gata.

Salí del cohete Luna 3 a las 15.00 horas bajo un sol de campeonato, vestía pantalón y camisa de manga larga y un pañuelo que me cubría la cabeza casi totalmente, mis gafas de sol y una botella de agua mineral. La sensación al bajar de la aeronave fue agónica, una bocanada de aire de levante que me hizo estremecer.

El resto de vacaciones las pasé en una habitación de hotel, no recuerdo nada ni a nadie, ni mucho que contar, sólo el grillar de los zapateros que me advertía que fuera se debía estar cociendo algo importante. Pasadas dos semanas emprendí el viaje de vuelta, con Verne y sin gloria.

—¿Y a ese qué le pasa?, ¿habla solo?

—Nada, lo de siempre, serán recuerdos de un amor de verano.

—Bueno, ya se le pasará.

Programa de compañía.

Despertará oyendo una voz dulce, cálida y cariñosa. Ante él, la silueta de una mujer hermosa que observará con admiración.

—Es hora de despertar, son las ocho de la mañana y una temperatura perfecta.

Hará un día precioso, de esos que tanto le gustan, la pared traslúcida de la izquierda, increíblemente iluminada, contrastará con la nebulosa anaranjada de la pared de la derecha. La estancia será minimalista, de color blanco intenso y totalmente diáfana, sin límites definidos.

Buscará en su base de datos cuántica y se dispararán sus sentidos, con un giro de mano aparecerá un holograma a modo de panel de control que conectará sus redes neuronales, se iniciará así el proceso de programación diaria. Cada amanecer será lo mismo, un proceso corto pero aburrido, mientras tanto mitigarán la espera conversando sobre temas triviales, no convendrá excitarse, una mala ejecución podría tener graves consecuencias. Cada una de las conversaciones serán almacenadas en un banco de datos principal, de capacidad infinita. Terminado el proceso de sincronización, estarán listos para afrontar el día.

—Cariño, ¿qué hacemos hoy? — con esa pregunta empezará el momento más esperado del día.

De forma casi inmediata, el paisaje cambiará, será un paraje verde y primaveral a pesar de ser el mes de marzo, se activarán los sensores de recreación de ambiente y una particular brisa lo despeinará, olerá a prado y se oirá el cantar de una variedad de especies autóctonas. Su acompañante se aproximará y cogiéndole la mano se internarán en el prado, divagaciones y demás interacciones cubrirán el resto del día hasta que el sueño se apodere nuevamente de ellos.

Sabrá que al llegar la noche realmente no dormirá, sino que sencillamente morirá, no sabrá quién será mañana ni quien fue ayer, amanecerá como un nuevo ser, con conocimientos programados pero asimilados como propios. Desconocerá si los deseos de él son obras de ella o si ella es fruto de los de él, ni quién programó a quién, si él forma parte de un programa de compañía o es ella, o ambos. Sólo estará seguro de que se tendrán el uno al otro, hoy, mañana y siempre.

Ella se aproximará lentamente, se acariciarán y se besarán con pasión, harán el amor. La experiencia lo dejará perplejo y consultará de nuevo sus circuitos neuronales.

—¡Oh sí!, humana, no podría ser de otra forma.

Secuestrados.

Cuando recibí aquel correo electrónico de un origen tan conocido, estaba totalmente expuesto. —¿Por qué a mí?, nunca pude sospechar el devenir de acontecimientos. Meses de trabajo y años de vida estaban encriptados con una clave que sólo ellos conocían. Las instrucciones no fueron claras, pero entendí que había que pasar por el aro. Un calor sofocante se apoderó de mí, intentaba abrir una y otra vez aquel fichero y el resultado era siempre el mismo, ilegible.

A día de hoy, una palabra desconocida me taladra el subconsciente, Bitcoin. Los ficheros siguen ahí, y yo, esperando a que se despierten.

El cuelgue.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, pero no estuvo lúcido ni un minuto más. La mezcla de alcohol y el caballo le habían provocado ese estado, agujereado cual queso de gruyere y vagando como un alma en pena.

—Llevo un cuelgue mu chungo—decía en la camilla al enfermero que le atendió. Al llegar al hospital ya le conocían, estabilizado y con su dosis de metadona, sólo atinaba a decir: —Llamad a Aladar, que ya no se preocupe más por mí.

The show must go on.

La coge con sus propias manos y la parte en dos, es su Fender Stratocaster y así se inicia el concierto.

Mimetizado entre la multitud, Abdu-Bari tira de la cuerda como final a su particular proceso en caída libre, pero el paracaídas no se abre.

A seis mil kilómetros de distancia, se activa la señal de detección anti-terrorista, por primera vez y según lo esperado, el satélite emite una señal neutralizadora. El espectáculo debe continuar.

Insomnio

Mi abuelo solía decirme que creyera en los sueños, que en ellos descansa nuestra fantasía y sin los cuales envejeceríamos de forma prematura. Me estoy haciendo viejo muy rápidamente, precisamente por la ausencia de estos.

Son los pensamientos que me llevo a la cama día tras día, quince días sin dormir prácticamente nada, dos meses en paro y más de una semana sin ver a Sara, la razón de mi existencia. Me pesan los párpados y tengo una punzada intermitente en el estómago, unas ojeras enormes adornan mi cara demacrada, — dios, no puedo dormir.

Enredado entre las sábanas vuelvo a mirar el reloj, son las dos de la madrugada, parpadeo lentamente con la esperanza de que cuando abra de nuevo los ojos, el led del reloj haya avanzado algunas horas más, pero no, vuelvo a mirar y aun son las dos y cinco.

Me levanto y recorro los escasos dos metros de pasillo que me llevan hasta la cocina, bebo un vaso de agua y de ahí a la terraza. El aire fresco calma mi ansiedad, hace frío, es pleno marzo y la humedad me cala los huesos, aun así, el espacio abierto y el frescor de la noche me hacen sentir vivo.

Sentado en una silla, apoyo la cabeza entre mis rodillas durante unos minutos, el único resquicio de vida exterior son las luces de los coches circulando a los lejos, parece un carrusel a toda velocidad, una estrella fugaz me libera de mis pensamientos, pido un deseo: dormir. Vuelvo a mirar el reloj y sólo han pasado quince minutos.

Como cada noche, veo en el edificio de enfrente una luz encendida, la silueta de lo que parece ser una mujer fumando un cigarrillo, hay demasiada distancia y no consigo enfocar, me da la sensación que mira hacia donde me encuentro, hoy veo algo extraño en sus movimientos. Abre la ventana y se sienta en el filo, es peligroso, hay muchos metros hasta el suelo, pero allí está con los brazos abiertos y en actitud desafiante, mirando al cielo, seguramente buscando también su estrella fugaz.

Tenso todos los músculos de mi cuerpo, grito para llamar su atencion pero hay demasiada distancia para hacerme oír, cierro los ojos y rezo para que no sea real, para que todo sea un sueño, ese que tanto añoro. Abro los ojos justo en el momento en que empieza a caer al vacío, el tiempo pasa a cámara lenta, me quedo inmóvil y no logro llenar mis pulmones de oxígeno. La angustia me provoca un vahído y siento que me desplomo, hinco las rodillas en el suelo de la terraza hasta que caigo de bruces. Al recuperar la consciencia estoy en el suelo, el frio en mi sien me reconforta, aún aturdido y con gran esfuerzo logro recuperar la verticalidad.

Vuelvo a buscarla, observo que la luz sigue encendida y la ventana cerrada, pero ahí sigue como cada noche, fumando un cigarrillo mi desconocida amiga insomne.

Casa Padua.

Susana nació hace más de 50 años en la almadraba, pasó su niñez entre barcos de pesca y redes. Poco más de metro sesenta, morena y de pelo rizado, un pequeño lunar en la barbilla, grandes manos curtidas y con su eterna sonrisa es archiconocida en el lugar, forma parte de él como una pieza de museo. Su vestimenta es clásica, unos vaqueros gastados y una blusa turquesa que no complementan con sus sandalias de esparto. Unas enormes gafas de “culo de vaso” y un bastón de madera le ayudan a mantenerse erguida y mitigar los efectos que la polio le provocó años atrás.

Rodeada de idílicas playas y acantilados esculpidos se encuentra la casa de la playa, como la denomina Susana. Es una aldea marinera, de color blanco ocre, zócalo azul y tres imponentes ventanas de madera enmohecida debido a la humedad, que le confieren esa personalidad. Una pequeña puerta, también de color azul, conforman la totalidad de la fachada y dividen la vivienda en dos zonas asimétricas, unas losas encastradas en la pared la presentan como Casa Padua.

—Señor, paso a enseñarle la estancia—, comenta Susana.

Al entrar lo primero que me llamó la atención fue el penetrante olor a sal, que junto al sonido de las olas, vuelve a recordarme el lugar en el que me encuentro. La composición del lugar se establece de la siguiente forma: El pasillo tiene unos cinco metros y un sólo cuadro, donde posan sonrientes un hombre y una niña, subidos en un barco y adornado por una maravillosa puesta de sol. A la derecha una de las puertas nos lleva a una pequeña habitación, con una cama de forja y un pequeño armario, en la cama no hay colchón, al abrir la puerta del armario encuentro otro cuadro semejante al del pasillo. La poca luz natural y la escasa ventilación provoca la proliferación de moho en las juntas de las paredes.

Al fondo del pasillo se encuentra el único cuarto de baño de la vivienda, un vater de mármol blanco y una pequeña bañera oxidada, es todo lo que se puede ver. Hay una pequeña ventana de madera que da a la parte trasera de la vivienda.

A la izquierda, un pequeño salón-comedor con un sofá cama, al fondo un pasa platos que limita la cocina, con pocos muebles y sin electrodomésticos, sólo una mesa de madera con dos sillas perfectamente alienadas, sendas ventanas exteriores y una puerta que nos da paso a un patio interior. El patio está descuidado, pero tiene restos de lo que en épocas pasadas pudo ser zona de ocio y descanso. Me agacho y cojo un puñado de tierra árida que se me desintegra en las manos, sueño despierto como sería ese lugar.

En el centro del patio hay una fuente de piedra y granito, es la única parte de la casa que ha sobrevivido intacta el paso de los años. Se trata de una columna de piedra, con dos círculos concéntricos y a distinto nivel, la parte de arriba termina en lo que parece ser una flor de loto. Sobre ella, infinidad de hojas secas que suenan incansablemente cuando las azota el viento, que en esta zona es muy habitual.

—Si lo que busca es tranquilidad y una casa cerca del mar, está en el lugar apropiado—, comenta Susana con lágrimas en los ojos.

Sueños cumplidos.

Marta y Diego ya se conocían incluso antes de nacer, sus padres eran vecinos en una de esas calles sin asfaltar donde las puertas siempre estaban abiertas. Nacieron con sólo dos días de diferencia, iban al mismo cole, compartían confidencias y sueños, fue una infancia feliz. Ya en la adolescencia, él le contaba que quería ser médico mientras ella soñaba con ser escritora.

Pero sus vidas darían un giro inesperado.

Diego conducía su motocicleta cuando, en un cruce de caminos, un coche les arrolló. El resultado fue dramático, mientras Diego resultaba ileso, Marta se debatía entre la vida y la muerte. Los doctores decían que sólo un milagro la mantenía con vida, dudaban de que volviera a andar, las lesiones en el cerebro eran importantes y la médula estaba muy dañada. Diego acudía todos los días al hospital, se sentaba a los pies de la cama y leía en voz bajita, observando sus gestos buscaba indicios, reacciones… en aquel momento su único sueño era verla sonreír.

Así pasaron las semanas hasta que un día salió del estado de coma en el que se encontraba, sorprendían su fuerza y ganas de vivir. Poco después, Diego se incorporó al servicio militar, embarcó en Barcelona y estuvo varios años sin volver a casa. Solía escribirle cartas y postales de los sitios que visitaba, le decía lo mucho que la echaba de menos y que pronto volverían a verse. Con gran vacío, imaginaba a Marta leyendo las cartas en voz alta, esbozando una media sonrisa. A su vuelta, la encontró muy cambiada. Aunque hablaba con dificultad, había recuperado parte de su capacidad motora y su cerebro empezaba a despertar. Aún seguía postrada en silla de ruedas, hecho que la acompañó hasta el final de sus días. Poco después, Marta cumpliría su sueño de ser escritora, publicaba su primera novela, “Sueños cumplidos”.

Diego no consiguió ser médico, pero también cumplió su sueño, volver a verla sonreír.