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Sueños cumplidos.

Marta y Diego ya se conocían incluso antes de nacer, sus padres eran vecinos en una de esas calles sin asfaltar donde las puertas siempre estaban abiertas. Nacieron con sólo dos días de diferencia, iban al mismo cole, compartían confidencias y sueños, fue una infancia feliz. Ya en la adolescencia, él le contaba que quería ser médico mientras ella soñaba con ser escritora.

Pero sus vidas darían un giro inesperado.

Diego conducía su motocicleta cuando, en un cruce de caminos, un coche les arrolló. El resultado fue dramático, mientras Diego resultaba ileso, Marta se debatía entre la vida y la muerte. Los doctores decían que sólo un milagro la mantenía con vida, dudaban de que volviera a andar, las lesiones en el cerebro eran importantes y la médula estaba muy dañada. Diego acudía todos los días al hospital, se sentaba a los pies de la cama y leía en voz bajita, observando sus gestos buscaba indicios, reacciones… en aquel momento su único sueño era verla sonreír.

Así pasaron las semanas hasta que un día salió del estado de coma en el que se encontraba, sorprendían su fuerza y ganas de vivir. Poco después, Diego se incorporó al servicio militar, embarcó en Barcelona y estuvo varios años sin volver a casa. Solía escribirle cartas y postales de los sitios que visitaba, le decía lo mucho que la echaba de menos y que pronto volverían a verse. Con gran vacío, imaginaba a Marta leyendo las cartas en voz alta, esbozando una media sonrisa. A su vuelta, la encontró muy cambiada. Aunque hablaba con dificultad, había recuperado parte de su capacidad motora y su cerebro empezaba a despertar. Aún seguía postrada en silla de ruedas, hecho que la acompañó hasta el final de sus días. Poco después, Marta cumpliría su sueño de ser escritora, publicaba su primera novela, “Sueños cumplidos”.

Diego no consiguió ser médico, pero también cumplió su sueño, volver a verla sonreír.

Enlazados

Aquel día me levanté con el convencimiento de que sería inolvidable, bien entrada la tarde estaba todo preparado. Era un ir y venir de personal ataviado con bata verde y mascarilla, yo me disfracé según las indicaciones y me alineé con la camilla. Ya en la sala, sostuve las tijeras entre mis manos, eran frías y sentí su contacto con mi piel sudada, eso me alivió. Busqué a Alicia que, con un gesto de aprobación, me indicó que había llegado el momento, apuntó al sitio exacto y susurró:

–Ya puedes cortar, justo por aquí.

No lloraba y eso me incomodó, pero me autoconvencí de que si ellos no se ponían nerviosos yo no tendría motivo para estarlo. Aproximé las tijeras al sitio señalado, no oí nada ni a nadie, en la sala se respiraba un aroma dulce, indescriptible. Clavé mis ojos en el punto dónde debía cortar, era de un color blanco azulado, en forma de espiral, aún latía. Afiné mis sentidos y esperé indicaciones. Justo en el momento preciso cerré las tijeras, la única oposición encontrada fue su propia textura gelatinosa, era elástico y me obligó a intentarlo por segunda vez. Pronto oí el sonido de las cuchillas al chocar entre sí, fue la confirmación de que ya podía respirar por sí mismo, lloraba.

El test de Apgar indicó que se encontraba en un estado excelente.

La chispa adecuada

Mil voces resuenan en mi cabeza, hasta el momento habían estado dormidas, se despiertan con hambre atrasada y comienzan a traerme una buena oleada de preguntas existenciales. Oigo una y otra vez aquellas preguntas que me perforaban el subconsciente, ¿podría haber hecho algo más? ¿podría haberles salvado la vida? Por más que lo intento, sólo aperecen otras, con amargura y desesperación, pienso en las respuestas. Son imágenes recurrentes, flashes que se agolpan en mi cabeza, gritos que me martillean hasta enloquecer. Aquel día me ha perseguido durante demasiados años, no lo soporto más, es mi única pesadilla y nunca hubo sitio para más.Me siento en los pies de la cama, y mirando al suelo vuelvo a recrearlo.

 “Mis amigos y yo solíamos reunirnos en una cueva, algo alejada del barrio, donde charlábamos, flirteábamos con chicas, bebíamos y escuchábamos música.Éramos una familia, jóvenes adolescentes, rebeldes buscando vías de escape.

Siempre me fascinó el fuego, soñaba algún día con hacerme bombero, la profesión de mi padre, era costumbre llevar un mechero, ya que no podía permitirme perder una cita con una chica sólo por no tener fuego que ofrecerle.Jugaba a prender papeles y lanzarlos al aire, pedir un deseo antes de que se apagara, pero algo salió mal.Un papel incandescente cayó al viejo sofá que hacía las funciones de cama improvisada, y empezó a arder.

El fuego se avivó rápidamente, una nube de humo invadió el lugar, el desconcierto era máximo y no hubo capacidad de reacción, Alex gritaba:

— Fuego, hay mucho humo,¡ayuda!

Ya presos del pánico intentamos apagarlo, arrojamos el contenido de una botella de agua al sofá, pero la llama ya había comenzado su habitual danza, fue el prefacio de lo que ocurriría minutos más tarde.Algunos salimos de forma apresurada, en un abrir y cerrar de ojos la cueva se convirtió en el mismísimo infierno, vimos una intensa luz, el crepitar de las llamas, un intenso olor a madera resinosa, su lento y continuo avance.

Otros no pudieron salir…”

Salto de la cama y me pongo la misma ropa que días atrás, hoy es jueves y desde el lunes no veo el sol, tomo un vaso de agua y me asomo a la ventana, busco un lugar desde donde poder contemplar los primeros rayos de luz. Cerrando los ojos siento como el aire fresco roza mi piel, oigo el trinar de los pájaros y el sonido de las hojas, no es usual, pero hay un extraño olor a azufre. Se me caen las lágrimas que recojo en la comisura de mi boca, temo que el contacto con el suelo me saque del trance en el que me encuentro inmerso. Yo ya no tengo alma, soy un cuerpo vacío deambulando sobre la tierra.

Hace tiempo que en mi mente comenzó a planearse la idea de abandonar este mundo, y veo en el suicidio una manera de conseguir mi objetivo. Es un acto premeditado y sólo el destino sabe cuál es el mejor momento, mi miedo me hace desistir de cada intento, pero necesito estar en paz, y sólo había una forma de conseguirlo. Tomo el pasillo en dirección a la cocina y me acerco a la caldera de butano.

En los ojos de Pixel veo reflejados algunos pasajes de mi vida, no tengo miedo a la muerte, pero quiero darle a ese momento algo de solemnidad.

Se oye un click que anuncia la apertura del gas, en pocos minutos la estancia se vuelve territorio hostil, en un ambiente irrespirable lucho por no desmayarme, es un lujo que no me puedo permitir.De nuevo cojo un papel y mi viejo mechero, lo prendo y grito al cielo el deseo que tantas veces había implorado.

El fuego, esa reacción química que tanta fascinación provoca en mí, se refleja en mis pupilas. Mi vida pasa delante de mis ojos, puedo recordar hasta el más mínimo detalle, justo hasta el día en que todo acabó, cuando dejé de existir, cuando empecé a morir lentamente. Mi corazón late a marcha forzada, después de sentir sus rápidos latidos, una explosión. Comienzo a sentir su lento bum, mis manos pierden fuerza y ganan calor, mis piernas ya no pueden sostenerme en pie, llega un momento en que ya ni mis ojos tenían la fuerza para abrirse o cerrarse.No hubo cartas de despedida, todo acaba como empezó aquella tarde, en un abrir y cerrar de ojos.

Y por fin llegó el final que tanto busqué, ahora me encontraría con ellos.