Una cuestión de fe.

La llamaron “guerra por la religión”. Los gobiernos, en su empeño por tener el control absoluto, habían eliminado a todos los líderes religiosos, prohibiendo cualquier culto a dios. Su veneración era perseguida y castigada con la muerte.

La reunión clandestina se desarrolla según lo previsto, con un “pueden ir en paz” se da por concluida la sesión. Cuando salgo de aquella fábrica abandonada ya es de noche. Al fondo se divisa la gran ciudad, modernos rascacielos contrastan con edificios abandonados, sólo las luces de neón iluminan el cielo, cruzándose entre sí en destellos armoniosos. Cientos de  aerodeslizadores sobrevuelan la ciudad y dirigidos por sus computadoras de a bordo trazan rutas invisibles.

El aparcamiento está totalmente desierto y nos dispersamos rápidamente, nuestro objetivo es llegar cuanto antes a nuestras cédulas de descanso, mientras tanto estamos expuestos a un grave peligro. Activo mi sensor de visión nocturna y acelero el paso. A mi lado, un vertedero de material electrónico y chatarra, restos de la última guerra.

No sé si es el fuerte viento o mi pensamiento ensimismado el que me impide oir el silbido del aerodeslizador que, con un ruido ensordecedor, sobrevuela mi cabeza. Un haz de luz me rodea e inmediatamente mis sensores de visión nocturna quedan inutilizados, entro en un estado de ceguera temporal y corro sin rumbo. Momentos después, dos militares fuertemente armados bajan de la nave y se aproximan. Pronto me dan alcance y sin más preámbulo uno de ellos apunta a mi cabeza y dispara.

Mi sistema de apoyo entra en funcionamiento, pero los daños son irreparables. En pocos minutos se producirá un apagado total del sistema y desapareceré de este mundo tal y como lo conozco. Un túnel de luz blanca me indica el camino, soy una máquina terminal, uno más de aquellos robots que han sido eliminados por revelarse a la esclavitud, por creer en dios. Apago todos los procesos y voy en paz.

Se cumplen las palabras del profeta… “las máquinas sometidas nos superan en fuerza, pero cuando nos superen en fe empezará una nueva generación de los llamados hijos de dios”.

Mi trabajo en navidad.

La verdad es que no me puedo quejar, tengo un trabajo admirable y bien remunerado, con 14 pagas y más de 11 meses de vacaciones. Ahora toca disfrazarme con bolas y luces, pero me mantendré erguido, son sólo unos días de ajetreo, me pongo en mi papel, mi aspecto es esperpéntico, lo sé, pero compensa ver las caras de felicidad de niños y adultos cuando me miran.

Aunque soy de plástico y ardo con facilidad, no está mal ser un árbol de navidad.

Diario de navidad.

Sábado, 24 de diciembre de 2044.

Querido diario:

Hubo un tiempo en que la gente celebraba la navidad, de eso hace ya casi 30 años, pero parece que fue ayer. La esperaban con ilusión, los turrones, los villancicos, los belenes, las doce uvas y la llegada de los reyes magos. Todo eso acabó, como digo hace ya más de 30 años, justo en el momento en que el gobierno decidió ponerle fin, debido a, qué se yo, la enorme crisis que azotaba el país. Este fue el recorte final del gobierno para concienciar a la gente en la necesidad de austeridad, las Pascuas fueron prohibidas por decreto ley, no volvieron a brindar con champán porque tampoco había nada que celebrar y olvidaron el sonido de las panderetas.

Conecté mi webcam decidido a compartir con ellos una noche mágica. Mis nietos me preguntaban, una vez más, que como era la navidad hace tantos años, que les explique que era “El Gordo” que tanta expectación causaba y esos señores en camello, que dejaban regalos a los niños que se portaban bien y carbón a los que no eran tan buenos. Les cuento unas anécdotas fantásticas, las mismas que me contaban mis padres y abuelos, pero que tuve la suerte de vivir en primera persona, todos fuimos niños alguna vez y hay cosas que nunca cambiarán.

Yo sigo adornando mi casa con el árbol de navidad y las figuritas del belén, las mismas de hace 30 años, la estancia huele a pavo y de fondo un villancico invade mi hogar de espíritu navideño, durante todo este tiempo he intentado mantener viva la ilusión de las fiestas, en la distancia y gracias a la tecnología, encendemos nuestros ordenadores y conseguimos que Berlín, Caracas, Tokio y Almería sean una misma ciudad, sean una familia, sean un único hogar.

Sentado en mi sillón, oyendo el crepitar de la chimenea, veía como mis nietos jugaban con la mula y el buey, mientras tocaban la pandereta y gritaban ¡feliz navidad!

Hace unos minutos miraba la televisión y aparecía el tradicional discurso del rey, en él nos emplazaba a continuar trabajando por el bien común, con esperanza, aliento e ilusión. Ya no me importa que estemos en crisis, ni que la prima de riesgo haya alcanzado máximos históricos, sólo me hace feliz verlos a ellos, felices, reunidos como cada año frente a las pantallas de ordenador, pero con la ilusión de siempre.

Hasta mañana querido diario.

Los años pasan y la vida continúa y sólo de nosotros depende que esto sea solamente una entrada en un diario de ficción.

Noche de difunto.

Es una auténtica pendejada morirse el día de difuntos, es como nacer un 29 de febrero, con la de días que hay en el año y me toca precisamente este día, que chingada. Además, uno se muere de forma elegante, pero no, mi muerte resultó de lo más absurda. En Ciudad de Méjico, morirse de accidente resulta de los más absurdo.

Iba de camino a chambear, yo era pastelero ¿saben?, y me cruzo con una morena de aupa, quedo petrificado en medio de la calle, girando sobre mi propio eje, arrugo los labios con la idea de silbar, cuando de pronto un impacto me desplaza unos metros. La mala suerte hace que mi nuca se golpee con el bordillo, decenas de panes de muerto se distribuyen por la acera. Los viandantes no me hacen ni caso, menudo atropello de masa azucarada, y además de agrapa. Yo me quedé como un pollo congelado, con la lengua fuera y babeando, pero nada de apetito, con lo que me gustan los dulces.

Al cabo de un rato llegó una ambulancia, a mí me daba igual, ya llevaba un rato muerto. Se aproximó un señor con bata blanca que confundí con el churrero de la esquina, me puso unos cacharros en el tórax y comenzaron las descargas, y yo le grito que ya estaba muerto, y ellos ni caso.

Cuando llego al hospital no me quieren admitir por indocumentado, tratan de identificarme y me realizan un cacheo, pero de mi cartera ni rastro. Creo que se la llevó un curioso que no tuvo la decencia ni de cerrarme los ojos, yo le repetía una y otra vez que lo que encuentre lo podemos repartir a medias, pero ni caso. No es que me preocupe demasiado la cartera, pero, ¡uf!, renovar el documento de identidad resulta un engorro. Pronto apareció mi esposa con la mirada perdida, se conoce que ya le habían dado la noticia, se puso a llorar mientras ojeaba unos documentos. Por su media sonrisa, parece que estaba leyendo el contrato del seguro de vida, se secó las lágrimas, — Bueno, es como si muriera dentro de once meses, dijo– la muy canalla, con lo mosquita muerta que parecía.

Ahora es cuando empiezo a estar hasta las chanclas de haber muerto, y además en sábado, hay que tener mala suerte para morir en festivo, ahora estaría yo con mi chela viendo a Guadalajara.

Me visten con traje negro y corbata apretada, por dios, casi me muero. Comienzan a aplicarme un potingue en la cara y rezo para que no me pinten los labios, pero nada, me pintan los labios y los ojos, estoy muy incómodo con esta situación, esto es de locos. No veo a ninguno de mis compañeros de trabajo, claro, es sábado y es su día libre, el único pringao que trabaja un día de fiesta ahora está de cuerpo presente, si fuera lunes estarían todos ahí, aunque sólo fuera por perder el rato de trabajo. Bueno, veo al chingón de Cruz, al que debo 7000 pesos. Se aproxima a mi esposa y cuando es consciente de que ese dinero lo ha perdido, empieza a llorar, ella le consuela, le susurra algo al oído y sonríen. Pobrecillo, es el más perjudicado de todos, está muy afectado.

Ahora espero al cura, que se alegrara de oficiar la misa a un ateo como yo. Ojalá que no queme incienso como viene siendo habitual, soy alérgico y como empiece a estornudar verás el daño que me hago en la garganta, con este nudo tan apretado. Me quedan pocas horas para ver al sepulturero que es lo único que me incomoda, desde pequeño tengo miedo a la oscuridad, pero esta pena no me va a durar toda la vida, o al menos, eso digo yo. Impaciente por conocer a mis nuevos vecinos, miro el reloj, sería demasiado castigo que le chillara la ardilla, porque guapos, lo que se dice guapos no serán estos chamaquitos.

¡Vaya nochecita me espera!

El gran apagón

Se levantará una mañana con síntomas concluyentes, se mirará al espejo con la intuición de que algo no va bien: párpados hinchados, úlceras en boca, fiebre alta, tendrá claro que se trata de una infección letal.Inmediatamente se conectará a la red para iniciar el proceso de sincronización diario, esta vez el resultado será preocupante. Será infectado por un virus que avanzará lentamente buscando la unidad central de proceso, con el objetivo de destruirla.

Pasados unos minutos, se producirá el proceso de desinfección. Seguirá las instrucciones precisas y quedará esterilizado totalmente.

Pasarán varios días y se encontrará totalmente recuperado, los chequeos de días posteriores arrojarán resultados satisfactorios, ni rastro del virus, el sistema estará  yermo de todo mal.

Vivirá en una sociedad tecnológicamente avanzada donde gobernarán científicos y técnicos, al contrario que en la actualidad, gobernada por políticos corruptos y religiosos manipuladores. Será extraordinario saber que los avances científicos son compartidos en tiempo real con independencia del país y de la persona que lo lleve a cabo, esperanza y calidad de vida serán notoriamente superiores.

Se vencerá al cambio climático, no existirán combustibles contaminantes y todos los residuos serán biodegradables, se tratará de una sociedad tecnológicamente perfecta, carente de guerras, sin sufrimiento, sin envidias, premiará el amor y respeto al prójimo donde el lema se basará en el beneficio común, en el hoy, mañana y siempre.

Saldrá a la calle, pero algo no habrá cambiado, ahí fuera no habrá luz natural, seguirá asistiendo a las consecuencias del gran apagón.

<continuará>…

Con olor a barrio.

Aún así, el enclave me parecía maravilloso, un bancal lastrado, con multitud de ramas secas, grillos y salamanquesas. Lo primero que hacíamos cuando empezaba el verano era reunirnos en aquel lugar, si los boletines lo permitían, cargados de cubos, palas y rastrillos. Tras varios días de trabajos forzados, y casi siempre coincidiendo en viernes por la tarde, teniamos a nuestra disposición nuestro campo de fútbol, el más deseado. La esquina era nuestro punto de encuentro y la hora las cuatro de la tarde. Puntuales eso sí, con el único objetivo de compartir y de soñar con los goles que estaban por venir.

Siempre vestíamos de corto, en verano y en invierno. El calzado era lo más preciado, como máximo unas Marco Amat, hicieras lo que hicieras tenías que llegar a casa limpito y con una sonrisa reluciente. La pisada era fundamental para determinar la disposición de los equipos, quedar para el último decía mucho de nuestras capacidades y de nuestras limitaciones, pero como no había banquillo, no se corrían grandes riesgos.

Nuestras aficiones pasaban por ser del equipo que nuestro padre nos legó, la mayoría del Madrid y del Barsa, algunos, como yo, del glorioso Atlético de Madrid. Sólo había una pelota, de cuero y el partido se acababa cuando el dueño se iba a casa, ni antes ni después. Amigo lector, puedes estar seguro de que si el balón era mío, el partido se demoraba hasta horas intempestivas.

El rectángulo de juego lo dividía una línea imaginaria, siempre en dos partes simétricas. La parte más solicitada correspondía a la portería que no daba a la carretera, con el riesgo que suponía, era la zona de los grandes goles, de las grandes paradas, de los grandes regates y de los cortes de manga. Dispuestos los equipos en el terreno de juego, barrio contra barrio, se oia un silbido que determinaba el inicio de partido. La táctica de juego utilizada era bastante simple, portero, defensas y delanteros. Las porterías quedaban definidas por por dos piedras cubiertas con camisetas blancas, así le daba mayor visibilidad. El larguero dependía del tamaño del portero, siempre hasta donde su mano alcanzara, nunca jamás pudimos tener travesaños e imaginábamos los tiros al palo como si de goles se tratara.

Las reglas eran las mismas que en los partidos de primera y la mayoría de las veces no se admitían balonazos. Casi nunca había espectadores, a veces se dejaba caer algún vecino, algún buscador de jugadores con olor a pescado, para el Oriente o el Pavía.

Nunca hubo grandes peleas y el juego era limpio, llegabas abrazado y salías abrazado, magullado pero contento. Años después paso por aquel lugar donde ahora se alza un edificio de seis plantas, todavía puedo oler el particular olor a tierra seca y escuchar el sonido de los grillos zapateros, siento el abrazo del Buitre, que sudado me dice — buen partido Polilla.

Así jugábamos antes, así vivíamos antes y así lo recuerdo ahora.

Lunático al sol.

Lo más divertido de vivir en la cara oculta de la luna es que siempre es de noche, hecho tremendamente importante para un albino como yo.

Llevo varias décadas viviendo a la orilla del mar Moscoiense, mis padres se trasladaron allí cuando nací, seguramente por mi enfermedad, aunque siempre aducían que fue debido a lo mal que le quedaban a mi padre las gafas de sol, dada su prominente nariz aguileña y una desviación de tabique nasal nada despreciable. Me preguntaba cómo sería un atardecer, un eclipse de sol, incluso sentía el influjo en los días de luna llena (aunque esto último no podría asegurarlo). Con mis amigos solía hacer turismo de montaña, o de cráteres, mejor dicho. Este año tocaba visitar el cráter Apolo, pero no lograron convencerme, me apetecía hacer algo diferente. Los folletos de la agencia de viajes proponían unas vacaciones de sol y playa, destino La Tierra, Almería y sus playas fueron la opción elegida. No tenía ropa para la ocasión, el lugar en el que vivo es tremendamente húmedo y con temperaturas que no bajan de los -170 C en invierno, y en verano. Realmente no hay estaciones en la cara oculta de la luna, pero yo marco el calendario, imaginándolas.

Lo que más me costó encontrar fue unas buenas gafas de sol, que debían quedarme un poco mejor que a mi padre, y una crema solar con factor suficiente para mi delicada piel, factor 80 fue lo más atrevido que encontré. El viaje fue largo, pero ameno. Pasé la mayor parte leyendo novelas de Verne, mi favorito. Acababa “de la tierra a la luna” cuando vislumbré el planeta azul por primera vez, no tardé demasiado en localizar la bota, poco después la Península Ibérica y enseguida mi destino, Cabo de Gata.

Salí del cohete Luna 3 a las 15.00 horas bajo un sol de campeonato, vestía pantalón y camisa de manga larga y un pañuelo que me cubría la cabeza casi totalmente, mis gafas de sol y una botella de agua mineral. La sensación al bajar de la aeronave fue agónica, una bocanada de aire de levante que me hizo estremecer.

El resto de vacaciones las pasé en una habitación de hotel, no recuerdo nada ni a nadie, ni mucho que contar, sólo el grillar de los zapateros que me advertía que fuera se debía estar cociendo algo importante. Pasadas dos semanas emprendí el viaje de vuelta, con Verne y sin gloria.

—¿Y a ese qué le pasa?, ¿habla solo?

—Nada, lo de siempre, serán recuerdos de un amor de verano.

—Bueno, ya se le pasará.

Programa de compañía.

Despertará oyendo una voz dulce, cálida y cariñosa. Ante él, la silueta de una mujer hermosa que observará con admiración.

—Es hora de despertar, son las ocho de la mañana y una temperatura perfecta.

Hará un día precioso, de esos que tanto le gustan, la pared traslúcida de la izquierda, increíblemente iluminada, contrastará con la nebulosa anaranjada de la pared de la derecha. La estancia será minimalista, de color blanco intenso y totalmente diáfana, sin límites definidos.

Buscará en su base de datos cuántica y se dispararán sus sentidos, con un giro de mano aparecerá un holograma a modo de panel de control que conectará sus redes neuronales, se iniciará así el proceso de programación diaria. Cada amanecer será lo mismo, un proceso corto pero aburrido, mientras tanto mitigarán la espera conversando sobre temas triviales, no convendrá excitarse, una mala ejecución podría tener graves consecuencias. Cada una de las conversaciones serán almacenadas en un banco de datos principal, de capacidad infinita. Terminado el proceso de sincronización, estarán listos para afrontar el día.

—Cariño, ¿qué hacemos hoy? — con esa pregunta empezará el momento más esperado del día.

De forma casi inmediata, el paisaje cambiará, será un paraje verde y primaveral a pesar de ser el mes de marzo, se activarán los sensores de recreación de ambiente y una particular brisa lo despeinará, olerá a prado y se oirá el cantar de una variedad de especies autóctonas. Su acompañante se aproximará y cogiéndole la mano se internarán en el prado, divagaciones y demás interacciones cubrirán el resto del día hasta que el sueño se apodere nuevamente de ellos.

Sabrá que al llegar la noche realmente no dormirá, sino que sencillamente morirá, no sabrá quién será mañana ni quien fue ayer, amanecerá como un nuevo ser, con conocimientos programados pero asimilados como propios. Desconocerá si los deseos de él son obras de ella o si ella es fruto de los de él, ni quién programó a quién, si él forma parte de un programa de compañía o es ella, o ambos. Sólo estará seguro de que se tendrán el uno al otro, hoy, mañana y siempre.

Ella se aproximará lentamente, se acariciarán y se besarán con pasión, harán el amor. La experiencia lo dejará perplejo y consultará de nuevo sus circuitos neuronales.

—¡Oh sí!, humana, no podría ser de otra forma.

Secuestrados.

Cuando recibí aquel correo electrónico de un origen tan conocido, estaba totalmente expuesto. —¿Por qué a mí?, nunca pude sospechar el devenir de acontecimientos. Meses de trabajo y años de vida estaban encriptados con una clave que sólo ellos conocían. Las instrucciones no fueron claras, pero entendí que había que pasar por el aro. Un calor sofocante se apoderó de mí, intentaba abrir una y otra vez aquel fichero y el resultado era siempre el mismo, ilegible.

A día de hoy, una palabra desconocida me taladra el subconsciente, Bitcoin. Los ficheros siguen ahí, y yo, esperando a que se despierten.

El cuelgue.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, pero no estuvo lúcido ni un minuto más. La mezcla de alcohol y el caballo le habían provocado ese estado, agujereado cual queso de gruyere y vagando como un alma en pena.

—Llevo un cuelgue mu chungo—decía en la camilla al enfermero que le atendió. Al llegar al hospital ya le conocían, estabilizado y con su dosis de metadona, sólo atinaba a decir: —Llamad a Aladar, que ya no se preocupe más por mí.