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Insomnio

17 mayo, 2017
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Mi abuelo solía decirme que creyera en los sueños, que en ellos descansa nuestra fantasía y sin los cuales envejeceríamos de forma prematura. Me estoy haciendo viejo muy rápidamente, precisamente por la ausencia de estos.

Son los pensamientos que me llevo a la cama día tras día, quince días sin dormir prácticamente nada, dos meses en paro y más de una semana sin ver a Sara, la razón de mi existencia. Me pesan los párpados y tengo una punzada intermitente en el estómago, unas ojeras enormes adornan mi cara demacrada, — dios, no puedo dormir.

Enredado entre las sábanas vuelvo a mirar el reloj, son las dos de la madrugada, parpadeo lentamente con la esperanza de que cuando abra de nuevo los ojos, el led del reloj haya avanzado algunas horas más, pero no, vuelvo a mirar y aun son las dos y cinco.

Me levanto y recorro los escasos dos metros de pasillo que me llevan hasta la cocina, bebo un vaso de agua y de ahí a la terraza. El aire fresco calma mi ansiedad, hace frío, es pleno marzo y la humedad me cala los huesos, aun así, el espacio abierto y el frescor de la noche me hacen sentir vivo.

Sentado en una silla, apoyo la cabeza entre mis rodillas durante unos minutos, el único resquicio de vida exterior son las luces de los coches circulando a los lejos, parece un carrusel a toda velocidad, una estrella fugaz me libera de mis pensamientos, pido un deseo: dormir. Vuelvo a mirar el reloj y sólo han pasado quince minutos.

Como cada noche, veo en el edificio de enfrente una luz encendida, la silueta de lo que parece ser una mujer fumando un cigarrillo, hay demasiada distancia y no consigo enfocar, me da la sensación que mira hacia donde me encuentro, hoy veo algo extraño en sus movimientos. Abre la ventana y se sienta en el filo, es peligroso, hay muchos metros hasta el suelo, pero allí está con los brazos abiertos y en actitud desafiante, mirando al cielo, seguramente buscando también su estrella fugaz.

Tenso todos los músculos de mi cuerpo, grito para llamar su atencion pero hay demasiada distancia para hacerme oír, cierro los ojos y rezo para que no sea real, para que todo sea un sueño, ese que tanto añoro. Abro los ojos justo en el momento en que empieza a caer al vacío, el tiempo pasa a cámara lenta, me quedo inmóvil y no logro llenar mis pulmones de oxígeno. La angustia me provoca un vahído y siento que me desplomo, hinco las rodillas en el suelo de la terraza hasta que caigo de bruces. Al recuperar la consciencia estoy en el suelo, el frio en mi sien me reconforta, aún aturdido y con gran esfuerzo logro recuperar la verticalidad.

Vuelvo a buscarla, observo que la luz sigue encendida y la ventana cerrada, pero ahí sigue como cada noche, fumando un cigarrillo mi desconocida amiga insomne.

Autor

miferro

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Un comentario
  1. Anónimo dice:
    14 junio, 2017 a las 5:19 am

    Buen relato, me gusta que deje al lector pensar que ha pasado.

    Responder

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