Saltar al contenido
Pareceres
Pareceres
Cerrar

Buscar

Subscribe

El eclipse.

12 agosto, 2026
3
CompartirTwitear

El problema no fue el eclipse, el problema llegó a la mañana siguiente.

Durante semanas, las televisiones y los periódicos habían repetido inútilmente la misma advertencia: no miren directamente al sol.
Aunque la población había entendido perfectamente el mensaje, había decidido comprobar hasta qué punto era cierta la amenaza.
Algunos utilizaron gafas homologadas, otros recurrieron a radiografías antiguas, cristales ahumados, negativos de fotografías y toda clase de inventos caseros. Mi vecino Ramiro, que siempre había considerado exageradas las recomendaciones oficiales, observó el eclipse «a pelo cañonero».
Cuando le pregunté de dónde había sacado semejante idea, respondió que se lo había dicho su cuñado, aquello cerraba cualquier posibilidad de discusión.

A la mañana siguiente hacía un calor impropio de la hora. El sol había recuperado todo el protagonismo que la luna le había robado el día anterior y parecía dispuesto a vengarse.
Me despertó un estruendo de bocinazos que parecía el ensayo de una banda de rock.
Me asomé a la ventana y descubrí la avenida completamente colapsada. Había coches detenidos en mitad de los cruces, vehículos subidos a las aceras y un autobús municipal dentro de una gasolinera, su conductor llevaba varios minutos discutiendo con un surtidor porque estaba convencido de que era otro autobús que se negaba a dejarle pasar.

En mitad del atasco un guardia intentaba imponer cierto orden gritando:
—¡Usted, avance!
Algunos conductores preguntaron simultáneamente:
—¿Yo?
—¡Sí! —respondió el agente, sin especificar a cuál de ellos se refería.

Cuando tuvo la brillante idea de pedirles que siguieran su voz, tres coches se dirigieron hacia él al mismo tiempo y decidió continuar regulando el tráfico desde la acera, aquel hombre estaba aprendiendo deprisa.

A esas alturas estaba claro lo sucedido.
Media ciudad se había levantado sin ver absolutamente nada y buena parte de la otra media distinguía únicamente sombras y bultos. Los únicos que conservaban una visión perfecta eran quienes se habían quedado en casa durante el eclipse porque preferían verlo después por internet. Veinticuatro horas antes parecían unos aburridos, ahora representaban el futuro de la civilización.
Las autoridades recomendaron no conducir, pero lo hicieron cuando cientos de miles de afectados ya estaban en las carreteras intentando llegar al trabajo. Las autopistas se convirtieron en aparcamientos y los conductores comenzaron a bajar de los vehículos para preguntar dónde estaban. Algunos caminaban pegados a las paredes buscando un poco de sombra, porque a la ceguera empezaba a sumarse un calor insoportable. Cerca de mi ciudad, un hombre recorría el arcén preguntando si alguien había visto su Peugeot, nadie encontró graciosa la pregunta.

En las calles tampoco iba mejor. La gente avanzaba con los brazos extendidos y se palpaba mutuamente para averiguar si había tropezado con una persona, una farola o un contenedor. Los pasos de peatones se transformaron en lugares de negociación colectiva porque nadie sabía de qué color estaba el semáforo. Algunos esperaban prudentemente, otros defendían que, después de quince minutos tenía que haberse puesto verde alguna vez. Las aceras se habían convertido en una especie de escuela improvisada donde aprendíamos a caminar de nuevo, solo que nadie sabía muy bien quién era el profesor.

En la plaza Mayor se produjo lo que los periódicos llamarían «el primer atasco peatonal de la historia». Doscientas personas chocaron entre sí y, como ninguna sabía hacia dónde continuar, decidieron permanecer juntas. Cada nuevo peatón se incorporaba al grupo pensando que los demás sabían adónde iban. Al mediodía, Protección Civil descubrió que más de cuatrocientas personas llevaban casi una hora dando vueltas alrededor de la misma fuente. Al menos tenían agua cerca.

Entonces aparecieron los perros guía y durante unos minutos pensamos que la civilización estaba salvada. El optimismo duró poco: algunos perros también habían contemplado el eclipse. Nunca se aclaró por qué unos animales sin interés conocido por la astronomía habían decidido mirar hacia arriba, aunque probablemente se limitaron a imitar a sus dueños, demostrando una vez más los peligros de confiar demasiado en los humanos.

Una mujer cuyo perro guía tampoco veía comenzó a seguir a otro perro que caminaba delante. A ella se unieron más personas hasta formar una larga fila que avanzaba con sorprendente determinación. Nadie comprobó que el animal que encabezaba la comitiva era Once, un caniche que veía perfectamente, pero que no tenía formación alguna como perro guía. Oce simplemente iba al parque y, gracias a aquella confusión, cuarenta y siete personas fueron también al parque.

La radio intentaba informar de la situación, aunque cada emisora parecía describir una ciudad distinta. Una aseguraba que todo estaba controlado, otra recomendaba permanecer en casa y una tercera advertía que las temperaturas continuarían subiendo durante las siguientes horas. Cambié varias veces de dial buscando alguna noticia útil, pero el futuro no parecía especialmente prometedor.

Los colegios cerraron poco después. En uno de ellos, una profesora llevaba casi dos horas dando clase a tres repartidores, un fontanero y una señora que buscaba la farmacia. Mientras tanto, treinta alumnos permanecían sentados en el gimnasio convencidos de que estaban en Matemáticas. Cuando fueron desalojados, uno preguntó si al día siguiente también habría clase. Nadie supo responderle. En aquella escuela, con aquel calor, bastante tenían con encontrar la puerta.

Los hospitales se llenaron de afectados con chichones, narices rotas y esguinces producidos por bancos, papeleras y farolas que, según ellos, habían «aparecido de repente». El alcalde convocó una rueda de prensa para tranquilizar a la población, aseguró solemnemente que todo estaba bajo control y, al abandonar el atril, se chocó contra una pared. Tras unos segundos de silencio, regresó al micrófono para insistir en que estaba completamente bajo control.

Por la tarde, el asfalto ardía y los pocos ciudadanos que todavía veían comenzaron a organizar grupos. Colocaban a veinte o treinta personas en fila y cada una apoyaba la mano en el hombro de la anterior. Desde los balcones, las calles parecían recorridas por enormes ciempiés humanos que avanzaban buscando hospitales, supermercados, estaciones o simplemente un lugar donde ponerse a la sombra. La ciudad entera parecía una clase práctica para aprender a sobrevivir a agosto.

Entonces apareció Ramiro.

Mi vecino caminaba con absoluta normalidad, esquivando coches, personas y contenedores. No entendía cómo podía conservar intacta la vista después de haber contemplado el eclipse «a pelo cañonero», así que se lo pregunté.
—Será que tengo los ojos acostumbrados.
Preferí no averiguar a qué.
La situación tardó varios días en normalizarse. La mayoría recuperó la visión, los coches fueron retirados de lugares donde nadie recordaba haberlos aparcado y las cuarenta y siete personas que seguían a Once fueron localizadas a seis kilómetros de la ciudad. El caniche estaba encantado: jamás le habían permitido dar un paseo tan largo.

Las autoridades prometieron que aquello no volvería a suceder y lanzaron una campaña para futuros eclipses. Además, anunciaron charlas en colegios, institutos y centros cívicos para enseñar a la población a protegerse correctamente del sol. Ramiro, al enterarse, dijo que a su edad no pensaba volver a la escuela.
Todo parecía solucionado hasta que los astrónomos anunciaron que al año siguiente habría otro eclipse.
Aquella misma tarde Ramiro llamó a mi puerta con una bolsa del supermercado, dentro llevaba cuatro paquetes de mortadela y me confesó que ese había sido su método de protección, mirar al sol con sendas lonchas de mortadela en los ojos.

Miré la mortadela y a Ramiro, luego miré al sol y pensé que quizás habiamos aprendido la lección o seguramente tendríamos que repetir curso.

Autor

miferro

Sígueme
Otros artículos
Anterior

El espejo.

Siguiente

El viaje.

3 Comentarios
  1. Cometilla dice:
    12 agosto, 2026 a las 9:37 pm

    Once es el mejor y el cuñadisimo de Ramiro el p*** amo!!!
    No aprendemos, ni aprenderemos… seguimos confiando demasiado en los humanos…

    Responder
    1. Jose Vizcaíno dice:
      13 agosto, 2026 a las 7:58 am

      Mi cuñao Ramíro es que no… Me ha encantado. Escuela de calor.

      Responder
  2. Jose Vizcaíno dice:
    13 agosto, 2026 a las 7:59 am

    Mi cuñao Ramíro es que no… Me ha encantado. Escuela de calor.

    Responder

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Comentarios recientes

  • Jose Vizcaíno en El eclipse.
  • Jose Vizcaíno en El eclipse.
  • Cometilla en El eclipse.
  • Cometilla en La ciudad de las moscas.
  • Joaquin Martinez en La ciudad de las moscas.

Últimas entradas

  • El viaje. 18 agosto, 2026
  • El eclipse. 12 agosto, 2026
  • El espejo. 12 agosto, 2026
  • La ciudad de las moscas. 23 julio, 2026
  • Otra final juntos. 20 julio, 2026

Categorías

  • De canciones
  • Microrrelatos
  • Relatos
  • Sin categoría
Copyright 2026 — miferro.