El viaje.
La vi al amanecer tendida entre las rocas de Benzú, con el cuerpo cubierto de algas y el vestido pegado a la piel. Durante unos segundos creí que era una sirena que la marea había dejado atrapada en la costa, respiraba con dificultad, con los ojos cerrados y temblando de frío.
La mujer abrió los ojos al notar mis manos sobre sus hombros.
Había cruzado de noche, nadando, guiándose por las luces de Ceuta que parecían estar siempre cerca y nunca llegaban. No quiso explicarme desde dónde había partido ni cuánto tiempo llevaba en el agua, solo preguntó si aquel lugar era España.
Mientras esperaba la ambulancia permaneció sentada frente al mar, envuelta en una manta. A nuestro alrededor se habían reunido varios curiosos todavía fascinados por aquella figura aparecida entre espuma, sal y piedras.
Uno de ellos encontró, enganchada en su pelo, una pequeña concha blanca.
—Mira —dijo en voz baja—. Al final sí va a ser una sirena.
Ella no entendió la broma, pero sonrió al ver la concha.
Después volvió la mirada hacia el otro lado del estrecho. Desde allí, la costa africana parecía increíblemente próxima, como si bastara extender la mano para tocar todo lo que había dejado atrás.
Pensé en todo lo que aquella mujer habría dejado al otro lado y en el valor necesario para lanzarse a un mar oscuro siguiendo unas luces lejanas. Tal vez durante la travesía se había sentido atrapada entre algas, avanzando por un laberinto de incertidumbre cuya única salida parecía aquella costa.
Pero cruzar una frontera no borraba la anterior vida ni garantizaba la siguiente. Allí no la esperaban héroes, solo personas, papeles, preguntas y un futuro desconocido. Y mientras contemplaba África desde las rocas, guardó silencio. Llegar a tierra firme no significaba necesariamente haber terminado el viaje.
La ambulancia se la llevó poco después.