Otra final juntos.

Al final si volví. Dos años después crucé de nuevo el arco de piedra.

Había prometido regresar para el Mundial y las promesas hechas a los muertos tienen una forma extraña de sobrevivir a quienes las pronuncian, no entienden de calendarios y permanecen quietas esperando a que uno reúna el valor suficiente para cumplirlas.

Esta vez no venía sola.
Eva caminaba a mi lado con una bolsa de tela en la que asomaban un viejo transistor, una botella de agua y la misma bufanda de la selección que había dejado sobre la lápida dos años atrás. Había vuelto a por ella unos días después, incapaz de desprenderme del único abrazo que aún podía darle a mi padre.
Unos pasos por detrás avanzaba Martín.
Costaba reconocer en aquel anciano al guarda que me había permitido esconderme entre las tumbas para escuchar la final de la Eurocopa. Caminaba apoyado en un bastón de olivo que golpeaba el suelo con una paciencia infinita.
Ya no trabajaba allí, se había jubilado unos meses antes y sin embargo el cementerio seguía recibiéndolo como si continuara siendo suyo. Él decía que venía a pasear, yo sospechaba que seguía pasando lista.
De vez en cuando levantaba dos dedos para saludar a alguna lápida perdida entre los cipreses. Nunca supe si recordaba quién descansaba bajo cada una o si, después de tantos años, había terminado saludando por costumbre. Con Martín era difícil distinguir dónde acababa la memoria y empezaba el disparate.

Frente a la tumba de mi padre repetí el mismo ritual de siempre. Limpié el mármol con la vieja bayeta mientras Eva dejaba las cosas sobre el banco de piedra.
Eva se acercó a la fotografía y no dijo nada, un tímido saludo y una sonrisa bastaron para presentarse a un hombre al que nunca llegó a conocer. Me gustó imaginar que mi padre habría respondido con ese gesto serio suyo, fingiendo indiferencia para que nadie descubriera lo blando que era por dentro.

A unos metros, Martín desplegó una silla de playa con un estruendo desproporcionado.
—Ya está. Si la espalda protesta, que proteste sentada.
Nos reímos los tres.

Y durante unos segundos el cementerio dejó de parecer un lugar donde terminaban las cosas.
Coloqué el transistor junto a la lápida y busqué la retransmisión. El sonido llegaba entre interferencias, como si también tuviera que abrirse paso entre los recuerdos.
Comenzó la final.

Mientras el locutor recitaba la alineación, recordé a mi padre hablando de Vicente del Bosque. Decía que los mejores entrenadores eran los que parecían no hacer nada y, sin embargo, conseguían que todos supieran exactamente qué tenían que hacer.
El partido fue una batalla.
Las entradas de Holanda desesperaban a Martín, que protestaba al árbitro desde la silla como si pudiera oírlo desde Johannesburgo. Cuando De Jong golpeó el pecho de Xabi Alonso con los tacos, masculló algo sobre llamar a la Guardia Civil y Eva tuvo que morderse los labios para no soltar una carcajada.
Después llegaron los nervios.
España tocaba, sufría, insistía.
Entonces Robben se plantó solo ante Casillas y el tiempo se detuvo.
Ninguno respiró hasta que el locutor estalló describiendo aquella parada imposible. Martín dio tal palmada que un par de gorriones salieron espantados de un ciprés cercano.
—¡Eso no lo para ni la muerte! —susurró, olvidando por un instante dónde nos encontrábamos.
El empate resistió hasta la prórroga.

La tarde se iba apagando y el cementerio parecía contener también la respiración. Nadie hablaba ya. Sólo sonaba la radio.
Entonces ocurrió.
Un pase.
Un control.
Y un disparo.
—¡Gooooool de Iniesta… gooooool de España, Iniesta de mi vida!
El grito del locutor atravesó el silencio como una campana.
Yo me levanté de un salto, Eva me abrazó.
Martín lanzó el bastón al suelo sin darse cuenta y empezó a aplaudir con tanta fuerza que las lágrimas le corrían por la cara mientras reía.
Nos olvidamos de que estábamos en un cementerio.
Gritamos.
Aplaudimos.
Lloramos.
Durante unos segundos desaparecieron las tumbas, el dolor y los años. Sólo existía aquella alegría inmensa, imposible de contener.

Y fue entonces cuando la sentí. Una mano grande apoyándose sobre mi hombro con la misma presión tranquila con la que mi padre celebraba los goles importantes de nuestro Almería, sin estridencias, como quien sabe que la felicidad no necesita hacer ruido para ser verdadera.
No me atreví a girarme, tenía miedo de que al hacerlo desapareciera o descubrir que nunca había estado allí.
Cuando el árbitro señaló el final, España era campeona del mundo.

Nos quedamos los tres en silencio.
Martín recogió el bastón, lo sacudió con solemnidad y miró alrededor.
—Bueno… ya podéis decir que habéis visto ganar un Mundial.
No supe si hablaba con nosotros o con todos los que descansaban bajo aquellas piedras.

Antes de marcharnos acaricié la fotografía de mi padre, juraría que sonreía.
Mientras cruzábamos de nuevo el arco de piedra, la vieja radio seguía encendida sobre el banco, repitiendo una y otra vez los nombres de los campeones.
Me volví para despedirme y tuve la certeza de que aquella no sería la última vez que vendría a compartir una final.

Un comentario en “Otra final juntos.

  1. Cometilla

    No esta basada en una cancion, porque tu lo dices… pero no paraba de sonar en mi cabeza Foto en blanco y negro de ECDL y Mi Pequeño Gran Valiente, de LOVG.

    Deseando leer más! ☺️

    Responder

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.