Y esa forma de recordar.
Llevaban casi veinte años juntos cuando Julián murió.
Cada tres de julio, en el cumpleaños de Marta, Julián aparecía con un pequeño ramo de rosas blancas y azules. Lo hacía desde que eran novios y, aunque ella siempre le preguntaba por qué aquellos colores, él se limitaba a sonreír y decía que algunos secretos ayudaban a mantener vivo el amor.
El primer cumpleaños sin él, Marta no quiso celebraciones. Todavía estaba aprendiendo a convivir con su ausencia y con todas aquellas cosas que permanecían en casa como si esperasen su regreso: los libros, una chaqueta detrás de la puerta y el frasco de colonia que ella aún no había sido capaz de tirar.
Aquella tarde apareció sobre el felpudo un ramo de rosas blancas y azules. No había nadie en el rellano ni una tarjeta que explicara quién las había dejado. Marta pensó que algún familiar habría recordado la costumbre de Julián. Puso las flores en el jarrón de siempre y decidió no preguntar.
Días después encontró un papel doblado en el buzón. Eran unas pocas líneas sobre su sonrisa y la manera en que se recogía el pelo cuando tenía prisa. Después llegaron otros, a veces con pequeños versos y otras con palabras que le resultaban extrañamente familiares. Marta sabía que no podían proceder de Julián, pero había algo de él en aquellos mensajes y terminó aceptando el misterio porque, al leerlos, volvía a sentirse querida.
Mateo tenía nueve años y desde la muerte de su padre se había interesado por las fotografías y las antiguas tarjetas que sus padres se escribían cuando eran novios. Una tarde, Marta lo encontró leyendo una de ellas y el niño le explicó que solo quería saber cómo escribía su padre.
—¿Te quería mucho? —preguntó.
—Muchísimo.
—¿Y tú lo sabías?
Marta acarició la vieja tarjeta antes de responder.
—A veces se me olvidaba.
Mateo guardó silencio y continuó leyendo.
Con el paso de los meses empezó a preguntar cómo se escribían palabras como “siempre” o “sonrisa”.
Cuando volvió a llegar el tres de julio, encontró de nuevo las rosas blancas y azules sobre el felpudo y, entre ellas, un pequeño sobre.
Marta lloró mientras lo leía.
—¿Estás triste? —preguntó Mateo al verla.
Ella lo abrazó y negó con la cabeza.
—Hoy no.
Aquella noche, al entrar en la habitación de su hijo para cerrar la ventana, Marta tropezó con una caja de lata. Al cogerla descubrió que apenas quedaban unas monedas, debajo de ellas estaban las antiguas tarjetas de Julián junto a varios papeles llenos de tachones.
En uno reconoció algunas de las palabras que llevaba meses encontrando en el buzón. En otro había sumas y restas hechas con la letra irregular de Mateo. Cuando estaba a punto de cerrar la caja descubrió, atrapado entre dos papeles, un pequeño pétalo azul.
Marta miró a su hijo, que dormía ajeno a todo, y comprendió por fin de dónde habían salido aquellas palabras que tanto se parecían a las de Julián sin llegar a ser nunca las suyas.
Cerró la caja sin tocar nada, se acercó a la cama y besó a Mateo en la frente.
—Gracias —susurró.
Después regresó al salón y contempló las rosas blancas y azules en el jarrón de siempre. Por primera vez entendió que Julián no había dejado de regalarle flores nunca.