Todo empezó tras la Gran Crisis.
Durante décadas se invirtieron fortunas en inteligencia artificial, neurociencia y genética hasta que nació el «Proyecto XX».
No prometía hacernos mejores personas, su objetivo era hacernos inmunes al sufrimiento.
Los primeros resultados fueron recibidos con cierto pesimismo. Parecía imposible eliminar la ansiedad, el odio o la tristeza sin borrar precisamente aquello que nos hacía humanos.
Sin embargo, generación tras generación, la ciencia fue perfeccionando el método.
Los niños nacían con implantes neuronales capaces de regular la actividad cerebral antes incluso de aprender a hablar.
La alimentación estaba diseñada para mantener estable la química del organismo.
El descanso era supervisado por IA.
Cada ciudadano recibía la dosis exacta de la pastilla roja, una pequeña cápsula que corregía cualquier alteración emocional antes de que llegara a convertirse en un problema.
Los índices de criminalidad desaparecieron y las cárceles cerraron.
Los hospitales psiquiátricos fueron demolidos para construir parques donde nunca se marchitaban las flores.
Durante más de medio siglo no hubo un solo suicidio, una sola guerra ni una sola manifestación, no existía la corrupción. Nadie echaba de menos un pasado que apenas aparecía en los libros de historia. Se enseñaba que el sufrimiento había sido una enfermedad colectiva, una etapa primitiva de la civilización, igual que la peste o la esclavitud.
Y todos lo aceptábamos.
Yo trabajo en el Archivo Central de Memoria, un edificio tan inmenso que sus pasillos no terminan nunca. Es un edificio con una leve luz artificial.
Mi tarea consiste en revisar millones de recuerdos digitalizados y comprobar que ninguna imagen, ningún sonido y ninguna palabra pueda despertar emociones consideradas innecesarias.
Fotografías de despedidas, cartas de amor, diarios personales, canciones antiguas, todo pasa por mis manos antes de ser almacenado o eliminado para siempre.
Es un trabajo rutinario, silencioso y extraordinariamente aburrido, precisamente por eso me gusta.
Nunca he sentido la necesidad de cuestionar el sistema, tengo un apartamento luminoso, una alimentación impecable, una salud envidiable y un empleo estable.
Como todos los ciudadanos de XX, sonrío cuando corresponde sonreír, descanso cuando el reloj biológico lo indica y agradezco cada mañana vivir en la primera sociedad perfecta de la historia, hasta que comenzaron las pequeñas anomalías.
No fueron terremotos ni apagones, no fueron errores informáticos. Empezaron con cosas tan insignificantes que cualquiera las habría ignorado: una pantalla pública permanecía encendida unos segundos más de lo habitual, un semáforo tardaba en cambiar de color, un niño preguntaba por qué las nubes nunca tenían la misma forma y sus profesores evitaban responder.
Después llegaron las moscas, nadie sabía de dónde habían salido.
XX llevaba décadas sin plagas, pero aquellos insectos aparecieron una primavera como si siempre hubieran estado esperando su momento. Lo extraño no era verlas, lo extraño era comprobar que, en determinadas personas, las moscas pasaban de largo.
Revoloteaban alrededor de todos, se posaban sobre bancos y ventanas, al acercarse a ciertos ciudadanos cambiaban de dirección con un movimiento brusco, casi temeroso, como si detectaran algo invisible para el resto del mundo.
Lo observé una mañana mientras desayunaba frente al ventanal de la cafetería.
Una mosca recorrió lentamente todas las mesas, se detuvo sobre la taza de café de una compañera, caminó unos segundos por el borde de un plato y volvió a levantar el vuelo.
Cuando llegó hasta mi, permaneció suspendida en el aire apenas un instante, después dio media vuelta y desapareció hacia el exterior. No le di importancia, al menos no en ese momento.
Aquel mismo día empecé a notar una sensación desconocida. Mientras clasificaba documentos, tuve la impresión de que algo se movía dentro de mi cabeza.
No era dolor ni miedo, era como entrar en una casa después de una mudanza y descubrir que aún quedaban demasiados muebles que mover en mi cabeza.
Cada recuerdo parecía ocupar el lugar de otro. Cada pensamiento tropezaba con el siguiente antes de terminar de formarse.
Aquella noche apenas dormí y empecé a darme cuenta de que el silencio absoluto no existía.
«Y sé que solo estoy mirando de otra forma. / Que voy a darle vuelta a nuestras sombras mientras busco el modo. / De remontar el vuelo.»
Una canción sobre una depresión convertida en una civilización entera que ha decidido no sentir, con moscas detectando a los que todavía están vivos por dentro.
Puede que sea «Caída libre» de Leiva y Robe, puede que no. Pero da igual, porque lo que has escrito va mucho más allá de cualquier canción.
Ahora mismo esperando que las moscas vuelvan.
Cuando se dara cuenta el ser humano que las emociones son importantes y necesarias, al igual que los recuerdos. Nos hacen mejores, aprender y crecer.
Espero imaciente saber que engranages movieron las moscas en esa cabecita…