El asesinato perfecto.

Siempre he pensado que una ruptura sentimental debería venir acompañada de un manual de instrucciones. Algo sencillo, con dibujos si hace falta, que explique qué hacer cuando tu novia decide que prefiere marcharse con un tipo que conduce un descapotable blanco, se pinta las uñas, lleva americana amarilla hasta para comprar el pan y es incapaz de quitarse las gafas de sol aunque esté lloviendo, vamos, el prototipo de hombre moderno.
Yo no tenía manual, así que cometí el error más habitual: pedirle consejo a mi cuñado.

Mi cuñado es de esas personas que lo confunden todo. Como había visto unas cuantas series de detectives, estaba convencido de que podía resolver cualquier problema aplicando su método científico y su método consiste en dibujar flechas sobre una servilleta mientras se termina una ración de bravas.
Después de escuchar mi desgracia durante diez minutos, golpeó la mesa con solemnidad y anunció que todo se reducía a un único objetivo: eliminar al rival.

Debí haber salido corriendo en ese mismo instante, pero pregunté qué quería decir exactamente con «eliminar».
Mi cuñado me miró sorprendido, como si la respuesta fuera evidente.
—Asesinarlo.
Supongo que mi cara debió de cambiar de color porque enseguida añadió:
—Bueno… cometer el asesinato perfecto.

Se inclinó sobre la mesa, bajó la voz y empezó a enumerar posibilidades. Lo hacía con la tranquilidad de quien está eligiendo una pizza.
Un accidente con un piano, descartado porque ninguno de los dos tenía piano.
Un tiburón, inviable por motivos geográficos.
Un candelabro, demasiado pesado para transportarlo.
Un infarto provocado por un susto, siempre que el sujeto colaborase teniendo una salud cardíaca deficiente.
Nunca he sabido distinguir cuándo estaba bromeando y cuándo simplemente hablaba demasiado rápido.

Comenzamos una vigilancia exhaustiva que habría avergonzado a cualquier agencia de espionaje. Descubrimos que el individuo dedicaba más tiempo a elegir colonia que a aparcar el coche. Que saludaba inclinando demasiado la barbilla y que era incapaz de caminar cinco metros sin comprobar su reflejo en un escaparate.
Mi cuñado anotaba todos aquellos datos como si estuviera elaborando el perfil psicológico del criminal más peligroso del siglo.
Mientras tanto, yo empezaba a sospechar que el único desequilibrado del caso estaba sentado a mi lado.
Después de varios días anunció que ya tenía preparado el plan definitivo.

Sacó de una bolsa un ambientador con forma de unicornio.
—¿Piensas estrangularlo con eso?
—Mucho mejor—, dijo mi cuñado.
Lo agitó delante de mi cara con un orgullo difícil de describir.
—Según internet, desprende una mezcla de aceites esenciales que altera la personalidad y el que lo respira pierde toda la autoridad, habla como un niño, se ríe de todo y hace el ridículo sin darse cuenta, en casos extraordinarios hasta se lo hace encima.
—¿Y eso dónde lo has leído?
—En una página muy seria, también vendían detectores de fantasmas y plantillas para crecer cinco centímetros.

Su teoría era impecable, al menos dentro del universo paralelo en el que vivía mi cuñado. Colgaríamos el unicornio del retrovisor del descapotable y dejaríamos que el ambientador hiciera el resto. No haría falta tocarle un pelo, quería que sufriera el muy cretino.
—Ese será el «asesinato social» perfecto.

Aquella misma tarde aprovechamos que el coche estaba aparcado con la capota bajada y colgamos el unicornio del retrovisor. Después nos escondimos detrás de unos setos, convencidos de que estábamos asistiendo al crimen más sofisticado de la historia.

Al cabo de unos minutos aparecieron los dos, y eso no estaba previsto.
Él llevaba una mascarilla, eso tampoco lo estaba,
—¿Y ahora qué le pasa? —pregunté.
—Ni idea. Lo mismo está resfriado.
Se acomodaron en los asientos y cerraron las puertas.
Ella respiró hondo un par de veces.
—Qué bien huele… ¿Lo has comprado tú?
Él negó con la cabeza.

Mi cuñado empezó a darme codazos.
—¿Lo ves? Ya está haciendo efecto.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Él seguía tan serio como siempre detrás de la mascarilla, pero ella comenzó a reírse sola. Primero fueron unas risitas tontas, luego empezó a mover las piernas como una niña impaciente y a aplaudir como si aquello fuera un espectáculo.

—¡Pues ya no quiero ser tu novia! ¡Eres un tontorrón requetesoso! ¡Me voy con mi ex porque tú eres un aburrido!
Le sacó la lengua, le hizo una pedorreta y salió alejándose a la pata coja mientras canturreaba una melodía infantil completamente desafinada.

Nos quedamos mirándolos sin saber muy bien qué decir y nos acercamos a la escena del crimen.
Mi cuñado fue el primero en romper el silencio.
—¿Lo ves? El unicornio funciona.

El otro se quitó lentamente la mascarilla, suspiró con resignación y nos miró con una mezcla de alivio y cansancio.
Ella seguía alejándose calle abajo, saltando sobre las baldosas como si no pudiera pisar las rayas y despidiéndose con la mano.
—¡Adiós, que seáis muy felices! ¡Y no os peleéis saecios!
Nadie respondió.

Y no porque no supiéramos qué decir, sino porque todos necesitábamos unos segundos para asumir dos cosas: habíamos sido los artífices del intento de asesinato frustrado más desternillante de la historia y era totalmente imposible mantener una conversación adulta entre nosotros.

Mi cuñado, sin embargo, seguía contemplando el unicornio con admiración.
—Internet nunca falla.

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