Les conocí hace muchos años, más de 30. En aquel momento yo tenía una confianza plena en mis capacidades y mil pesetas en el bolsillo.
Me asaltaron una madrugada de otoño en «Las Quinientas». Ninguno daba miedo por separado pero juntos componían una imagen dantesca y tuve claro que convenía colaborar.
—¿La bolsa o la vida?—, gritó el más alto.
Uno llevaba una navaja diminuta que enseñaba con orgullo, el otro sostenía una pistola tan vieja que parecía más peligrosa para quien la sujetaba que para quien la tenía delante. El tercero de ellos, al que llamaban «El Koko», era el único que conservaba la mirada limpia de alguien que todavía no ha caído del todo.
Me quitaron el reloj, el dinero y una entrada del cine Imperial. Ponían «Yo hice a Roque III» y casi me hicieron un favor.
Hasta ahí la historia era vulgar, lo extraordinario vino después.
Nunca he conseguido reconstruir exactamente cómo ocurrió, pero en algún momento dejamos de ser atracadores y víctima para convertirnos en cuatro tipos sentados alrededor de una mesa grasienta, discutiendo sobre fútbol, mujeres, política y todas esas cuestiones que los hombres resuelven con absoluta seguridad después de la tercera copa y olvidan completamente a la mañana siguiente.
Lo que más recuerdo de aquella noche no es lo que dijeron, sino la forma en que se reían. Era una risa exagerada, como si todos supieran algo que yo ignoraba. En aquel momento pensé que éramos felices, ahora sé que simplemente éramos jóvenes. La diferencia entre ambas cosas se entiende mucho mejor cuando uno llega a cierta edad.
La heroína estaba por todas partes, en los portales, en los parques, en los baños de los bares pero también estaba sentada con nosotros aquella noche.
«El Koko» no dejaba de rascarse los brazos, el más joven desaparecía constantemente para volver diez minutos después con los ojos perdidos.
Sin embargo, entre copa y copa, hablaban del futuro, y aquello era lo verdaderamente cómico, ¿de futuro?
Hablaban de negocios que nunca montarían, de viajes que jamás harían y de mujeres que seguramente ni sabían que existían.
Recuerdo que uno aseguró que antes de los treinta tendría un chalet con piscina. Otro afirmó que estaba a punto de dejar todos los vicios porque había descubierto la espiritualidad oriental. El más joven insistía en que iba a hacerse cantante.
Los escuchaba y me reía, ellos también. Ninguno nos dábamos cuenta de que la vida ya había empezado a cobrarnos por adelantado.
Nos vimos muchas veces más, de día, pero sobre todo de noche. Yo procuraba mantener una vida ordenada y resultaba extraño vernos juntos. Hasta que se esfumaron como el sueldo a principio de mes, sin despedidas.
Pasaron unos años y una tarde recibí una llamada. Era una voz gastada, como una cinta reproducida demasiadas veces.
—Soy El Koko.
Quedamos en un bar del centro y cuando llegué tuve que mirarlo varias veces antes de reconocerlo. La cárcel, las drogas, el alcohol y el tiempo habían trabajado en equipo durante décadas. Parecía un hombre mucho mayor de lo que realmente era.
Sin embargo, cuando sonrió, apareció durante un instante el muchacho que había conocido anteriormente.
Hablamos durante horas.
De los viejos barrios.
De los cines desaparecidos.
De los amigos que ya no estaban.
Sobre todo hablamos de los muertos.
Porque uno llega una edad en la que descubre que los muertos ocupan más espacio en las conversaciones que los vivos.
El aspirante a cantante murió de sobredosis antes de cumplir treinta años.
Otro pasó media vida entrando y saliendo de prisión.
El otro lo tenía delante, cansado.
Cuando ya nos íbamos, «El Koko» sacó una fotografía doblada del bolsillo de la chaqueta, aparecíamos jóvenes, borrachos, ridículos, convencidos de que el mundo nos debía algo.
Le di la vuelta y detrás había una frase escrita con bolígrafo azul.
«Si alguno llega vivo a viejo, que le cuente al otro lo que pasó aquí.»
Me quedé mirando aquellas palabras y levanté la vista.
—¿Y qué fue exactamente lo que pasó aquella noche?
Guardó silencio durante unos segundos y después sonrió.
—Eso mismo me gustaría saber a mí.
Y entonces se levantó.
—¿Nos volveremos a ver?.
No hubo respuesta.
A veces pienso que murió pocas semanas después. Otras veces pienso que jamás salió realmente de aquel bar. Lo único que sé es que todavía conservo la fotografía y que cada cierto tiempo vuelvo a mirarla.
Ya no intento recordar qué ocurrió aquella madrugada, lo importante no es eso, lo importante es que, de los cuatro jóvenes que aparecen en la imagen, tres creían que les quedaba toda la vida por delante y uno pensaba que no llegaría a los cuarenta, nos equivocamos.
Hay una frase tuya que no me suelta: «La diferencia entre ser felices y ser jóvenes se entiende mejor cuando uno llega a cierta edad».
Con esa sola línea ya merecía la pena el viaje. Sabina te dio el esqueleto, pero la chicha es tuya.
«Pacto entre caballeros»
Me ha gustado mucho, he vivido este relato como si yo fuese cualquiera de los personajes. Una historia muy de nuestra época, muy real….me ha transportado en cero coma.
EL KOKO SIEMPRE HA ESTADO AHI….NUNCA MURIÓ.