Las zapatillas estaban junto a la puerta desde la noche anterior, eran blancas e impecables.
Las observé mientras preparaba el café, por fin.
Después de tantos años de esfuerzo había llegado el día, la universidad, el principio de una vida seria, una de esas fechas que justifican todas las mañanas madrugando, todos los entrenamientos, todas las veces que tuve que empujar cuando mi hijo todavía no entendía lo que le convenía.
—Buenos días —dijo entrando en la cocina.
—¿Preparado?
—Supongo.
Parecía nervioso.
Normal, el primer día de universidad no era ninguna tontería.
Durante el desayuno apenas hablamos, revisaba el móvil constantemente.
—¿Todo bien?
—Sí, claro.
Asentí pero no insistí.
Caminamos hasta la parada del autobús en silencio, yo lo observaba de reojo, alto, fuerte y responsable. Nos había costado años y esfuerzo llegar hasta allí.
Cuando llegamos a la parada, metió la mano en su mochila y sacó un sobre.
—Toma.
—¿Qué es?
—Léelo cuando llegues a casa.
—¿Una carta?
—Algo así.
Lo vi alejarse tras la ventanilla hasta que el autobús desapareció al final de la avenida.
Durante el camino de vuelta me sentí satisfecho, había hecho mi trabajo, mi hijo iba camino de la universidad y tenía por delante un futuro razonable, no se puede pedir más.
Al llegar a casa dejé las llaves sobre la mesa, abrí el sobre y encontré una carta que leí varias veces:
«Necesito que confíes en mí, sé que te vas a sentir herido y decepcionado pero debo seguir mi rumbo, debo vivir mi propia vida, no me atreví a decírtelo porque no lo aceptarías, tus sueños no son mis sueños».
Volví a leer aquella última frase.
Tus sueños no son mis sueños.
La primera reacción fue de rabia, después de todo lo que había hecho por él, después de todos aquellos años.
Dejé la carta sobre la mesa y caminé por la cocina sin rumbo.
¿Y qué esperaba?
¿Que me alegrara de que hubiera abandonado la universidad para marcharse a otra ciudad a perseguir una idea que podía no llevarle a ninguna parte?
Miré hacia la puerta y las zapatillas ya no estaban.
Pensé en el fútbol. Había insistido en apuntarlo cuando era pequeño, le vendría bien, disciplina, compañerismo, carácter.
Después llegaron otros deportes, tenis, gimnasio. Siempre había una actividad nueva, siempre una meta.
Y mientras repasaba aquellos años me sorprendió una idea incómoda.
No conseguía recordar una sola vez en la que me hubiera sentado con él para preguntarle qué quería hacer realmente.
Yo decidía.
Yo organizaba.
Yo corregía.
Yo empujaba.
Creía que estaba ayudándolo pero quizás solo estaba trazando un camino que me habría gustado recorrer a mí.
Durante años pensé que el éxito consistía en entrar a los sitios con las mejores zapatillas, estudiar la carrera adecuada y relacionarse con la gente conveniente, como si la vida fuera una interminable lista de accesos donde unos podían pasar y otros se quedaban fuera.
Entonces comprendí por qué no me había dicho nada, no temía fracasar, me temía a mí.
Y aquella certeza me dolió más que cualquier despedida.
El amor, el orgullo y el miedo se parecen demasiado.
Precioso relato y que hace pensar… pero no doy con la canción.