La mujer de enfrente.

Siempre he pensado que prestarle azúcar a mi vecina fue la peor decisión de mi vida, o la mejor.

Llamó a mi puerta una tarde de domingo sosteniendo una taza vacía y una sonrisa nerviosa, acababa de mudarse al piso de enfrente y juró que me devolvería el favor.
Lo hizo dos días después con unas magdalenas capaces de sobrevivir a una guerra nuclear, que por supuesto devoré.
Y así empezó todo.

Ana tenía un talento extraordinario para provocar pequeños desastres, inundó la cocina varias veces, dejó las llaves dentro de casa tres veces en un mes y consiguió fundir los plomos del rellano intentando instalar una tostadora.
Yo la ayudaba a resolver cada catástrofe, mientras ella se reía de sí misma con una facilidad que siempre había envidiado.

Poco a poco, las cenas improvisadas se volvieron costumbre, las películas eran una excusa para hablar, los paseos para comprar pan terminaban dos horas después.
A veces se quedaba dormida en mi sofá y otras era yo quien amanecía en el suyo después de una conversación interminable.
Lo curioso fue descubrir que aquello parecía preocupar más al edificio que a nosotras.

Las vecinas del primero, dos mujeres que dedicaban su jubilación a vigilar el mundo desde el balcón, empezaron a seguir nuestros movimientos con un entusiasmo digno de una serie policiaca.
Cuando bajábamos juntas, callaban.
Cuando nos separábamos, volvían los susurros.
Una mañana incluso dejaron caer que había amistades que resultaban difíciles de entender.
Ana se echó a reír, —Menos mal que nunca les contaremos lo de la tostadora.
Aquella respuesta me hizo reír tanto que las dos ancianas parecieron convencerse de que escondíamos un secreto de Estado.

Durante meses evitamos poner nombre a lo que estaba ocurriendo, dentro de casa todo resultaba sencillo, fuera parecía necesitar explicaciones.
Nunca entendí por qué dos personas compartiendo mantel podían parecer un escándalo para quienes cenaban solos.

Cuando por fin dejamos de escondernos, el mundo siguió girando exactamente igual.
Salía el sol, llegaban las facturas y la tostadora continuaba funcionando de forma sospechosa.
Sin embargo, algunas miradas cambiaron.

Entonces llegó la oferta de trabajo, otra ciudad y demasiados kilómetros.
La acompañé a la estación el día de la partida, intentamos bromear durante todo el camino, pero nuestras risas sonaban como con eco.
Cuando anunciaron la salida del tren, Ana me abrazó y caminó hacia el vagón arrastrando la maleta.
No miré cómo subía, no quería recordar su espalda alejándose.
Así que me quedé observando el suelo, intentando convencerme de que algunas despedidas son inevitables y que iba a costar mucho olvidarla.

Hasta que escuché un golpe seco y levanté la cabeza.
La maleta estaba tumbada sobre el andén y el tren acababa de arrancar.

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