La despedida.

La ciudad todavía dormía cuando ella empezó a guardar sus cosas, no encendió la luz del dormitorio, le bastaba la claridad que entraba desde la ventana y el resplandor intermitente del cartel del bar de enfrente, ese que llevaba años medio fundido y que parpadeaba como cansado.

Él la observaba desde el sofá, inmóvil, con un cigarro consumiéndose entre los dedos y una botella vacía rodando lentamente por el suelo cada vez que movía el pie.

Vivían al final de una calle sin salida, siempre le había parecido un detalle gracioso cuando llegaron allí, un escondite barato para dos personas que creían que el mundo estaba en contra suya y que aun así podían desafiarlo todo juntos, pero aquella madrugada entendió que algunas historias vienen condenadas desde el inicio.

Ella doblaba camisetas despacio, con una calma insoportable, como quien ya ha llorado todo lo necesario antes de marcharse, ni una discusión, ni reproches, solo ese silencio espeso que dejan las cosas cuando ya no tienen arreglo.

La radio seguía encendida en la cocina, sonaba bajita, llena de interferencias, mezclándose con las tuberías viejas del edificio y el ruido de algún coche perdido atravesando la avenida principal.

Él quiso preguntarle en qué momento empezó a irse realmente, quizá fue aquella noche en la que él volvió demasiado tarde y demasiado roto, o aquella mañana en que ella dejó de reírse de sus promesas imposibles, o tal vez ocurrió mucho antes, cuando empezaron a hablarse como dos desconocidos que comparten techo por costumbre.

Ella cerró la maleta, el clic resonó en el piso como si alguien hubiera disparado, entonces él recordó otras noches, las buenas, las salvajes.
Recordó el humo pegado al techo de la cocina mientras bailaban descalzos a las cuatro de la mañana, las veces que sobrevivieron con monedas sueltas y café barato, las madrugadas sentados en el balcón creyendo que hacerse daño juntos era otra forma de quererse
También recordó sus propias ruinas.
Las promesas incumplidas.
Los gritos.
Las ausencias.
Ese talento miserable que tienen algunas personas para destruir justo aquello que más aman.

Ella se acercó despacio hacia la puerta, él notó que todavía podía detenerla.
Bastaba una frase, una sola.
Quédate.

Pero el orgullo es una enfermedad silenciosa, y hay hombres que prefieren pudrirse antes que admitir que tienen miedo.

—Cuídate —murmuró ella.
Aquello fue peor que cualquier insulto, porque sonaba definitivo, porque sonaba a despedida ensayada muchas veces en la cabeza.

Él intentó sonreír, pero solo consiguió bajar la mirada hacia las quemaduras del sofá, las botellas vacías, la ropa tirada en el suelo… los restos pequeños y miserables de una guerra perdida hacía tiempo.

Y entonces pensó algo absurdo.
Ojalá pudiera empezar de cero, volver atrás, a la primera noche, al primer beso, a cuando todavía no sabían hacerse daño. Pero la vida nunca retrocede, solo deja cicatrices y habitaciones vacías.

Cuando la puerta se cerró, el eco recorrió el pasillo lentamente, después llegó el silencio, uno enorme, uno capaz de llenar todas las habitaciones.

Él permaneció quieto varios minutos, escuchando la lluvia golpear las ventanas y la radio escupiendo canciones tristes desde la cocina.

Y por primera vez entendió que hay personas que no se van del todo, a veces se quedan viviendo en los ceniceros llenos, en el lado vacío de la cama, en las tazas olvidadas sobre el fregadero.
A veces se quedan atrapadas para siempre en una ciudad dormida, en una madrugada de lluvia y en una calle sin salida.

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