Álex y Nico aprendieron a ser amigos trabajando en el bar, allí la música nunca estaba lo suficientemente alta y las noches eran eternas, compartían cigarrillos en la puerta trasera y conversaciones que solo parecían importantes a las cuatro de la mañana. Hablaban de todo, de chicas imposibles, de largarse a otra ciudad, de bandas de rock, de padres que no entendían nada, a esa hora, y con el suelo pegajoso de cerveza y el cuerpo agotado, el mundo parecía más sencillo.
Nico decía que las mejores amistades eran las nocturnas.
—De día la gente actúa distinto.
Álex se reía y brindaba, entonces todavía no lo entendía.
Empezaron a verse fuera del bar por aburrimiento más que por intención. Algún partido por la tarde, una comida barata, horas muertas en parques donde la resaca olía a césped, y ahí empezó a romperse algo.
De noche, Nico era divertido y elocuente, de día era cruel con cualquiera que pareciera más débil, se burlaba de los mendigos, trataba fatal a su hermana pequeña y hablaba de las chicas como si fueran apuestas.
Álex empezó a callarse más.
Nico también descubrió cosas, que Álex mentía constantemente, que robaba dinero de la caja “solo un poco”, que era capaz de humillar a cualquiera con tal de encajar, que detrás del tipo tranquilo había una inquina desordenada a cualquiera que no pensara como él.
Una tarde acabaron discutiendo en un banco.
—Tú de noche eres otro —dijo Nico.
—Todos lo somos.
—No, tú escondes quién eres.
Álex soltó una risa amarga.
—Y tú no sabes ser persona, eres un borracho.
El golpe no llegó, pero estuvo cerca. Después de eso siguieron coincidiendo en el bar durante semanas, servían copas espalda contra espalda, hablaban lo justo y evitaban mirarse demasiado.
Una noche, al cerrar, Nico encendió un cigarro y dijo:
—A lo mejor solo éramos amigos porque nunca nos veíamos con luz, Álex no respondió.
Dentro del local seguía sonando una canción triste de rock, mientras las luces se apagaban una a una, por primera vez el silencio entre ellos pesó más que toda la noche juntos.