La ciudad estaba envuelta en humo y no era una metáfora ni una sensación, era real, era un humo espeso que flotaba entre los edificios como una segunda piel.
Salía de las chimeneas del puerto, de los tubos de escape de los coches, de los cigarrillos consumidos, parecía que alguien hubiese decidido borrar poco a poco el horizonte.
Todo estaba ahí delante de él como una cortina de humo que no le permitía ver más allá.
Los planes quedaban suspendidos en ese especie de niebla permanente: el viaje que haría algún día, el libro que escribiría cuando tuviera tiempo, la llamada que llevaba años posponiendo, la visita. Siempre había una excusa razonable para todo, siempre existía un mañana.
La noticia llegó un día cualquiera y cayó sobre él de forma violenta, como ocurren las malas e inesperadas noticias.
Una voz al otro lado del teléfono pronunció palabras clínicas, términos que apenas entendió, pruebas urgentes.
Lo único que creyó escuchar de verdad fue la posibilidad de que el tiempo se hubiese agotado. Durante unos segundos tuvo la sensación absurda de estar observando su propia vida desde el otro extremo de una carretera.
Durante tres días apenas durmió, fueron los tres peores días de su vida. No podía pensar en otra cosa, la ansiedad le mordía el estómago a todas horas y la desesperación se le instaló en la cabeza como un ruido constante, imposible de apagar.
Ahora, ante la posibilidad de un final cercano, cada oportunidad perdida regresaba convertida en una pequeña herida.
Lo consumía una amarga sensación de fracaso, como si hubiese llegado demasiado pronto al final de un libro que ni siquiera se había molestado en leer.
La corrección llegó al cuarto y con una breve llamada telefónica de su médico, tan breve como la anterior.
Un error, una confusión entre expedientes.
Las pruebas estaban limpias y no había enfermedad.
Cuando colgó, estaba solo en un puente desde el que podía verse toda la ciudad. El tráfico avanzaba bajo sus pies como un río de luces.
A lo lejos, una columna de humo ascendía desde una fábrica, el cielo comenzaba a oscurecerse.
Y se sintió afortunado.
Debería haber celebrado aquella segunda oportunidad, debería haber reído, llorado o dado gracias a quien fuera responsable de semejante milagro.
Pero no pudo, porque por primera vez comprendió algo aterrador.
La noticia terrible no había sido la equivocada, la noticia terrible era otra.
La noticia terrible era descubrir que había necesitado creer en su propia muerte para empezar a vivir de verdad.
Permaneció allí mucho tiempo observando cómo el humo se elevaba hacia la noche hasta desaparecer por completo. Y mientras lo veía deshacerse en el aire, entendió que la mayoría de la gente no muere cuando deja de respirar, muere mucho antes, muere cada vez que aplaza una vida que desea vivir.
Y esa noche, contemplando las luces de la ciudad, tuvo la certeza de que el error del hospital le había salvado la vida, pero también le había enseñado cuántos años llevaba muerto.
Como si fueras a morir mañana. Cabrón ❤️
Una reflexion, que por desgracia se nos olvida muy rápido y tienen que llegar esos golpes de realidad para recordarnoslo.
Lo mejor de morir, es haber vivido antes, plenamente.