La del fondo norte.

Había llegado a Cuba a cubrir la competición. El Mundial avanzaba a una velocidad asombrosa y Andrés apenas distinguía unas ciudades de otras, los aeropuertos se parecían entre sí y los hoteles tenían los mismos pasillos interminables.

La vio por primera vez durante el encuentro inaugural de España.
Era una mujer mulata, de largo pelo negro y rizado y extremadamente delgada.
Celebraba las ocasiones de ambos equipos, gritaba, bailaba con los ojos cerrados y se tocaba el pelo, ella era todo un espectáculo.
Más tarde, revisaba las fotografías que acompañan a la crónica buscando esa figura apoyada en la barandilla del fondo norte.

Volvió a encontrarla pocos días después en otro estadio situado a miles de kilómetros.
Al principio pensó que era una coincidencia, pero era habitual que los aficionados recorrieran el país siguiendo a sus selecciones.
Mientras avanzaba en el torneo, aquella presencia se convirtió en una especie de obsesión silenciosa.
La distinguía entre la multitud, entre los aficionados que cantaban sin descanso o detrás de los fotógrafos que perseguían a las estrellas del campeonato.
Nunca estaba lo bastante cerca para verle el rostro con claridad, pero tampoco lo bastante lejos como para confundirla con otra persona.
Era como si el Mundial entero se hubiera reducido a una persecución, a una presencia que nadie más parecía advertir.

Apareció por tercera y cuarta vez, siempre sola y siempre en algún rincón desde el que podía contemplarse todo el campo, la buscaba de manera inconsciente antes incluso de mirar el césped.

La noche de la semifinal creyó que por fin podría alcanzarla.
El estadio estalló con el pitido final y una marea de periodistas, cámaras y aficionados comenzó a moverse en todas direcciones.
Andrés la vio junto a una de las salidas y se abrió paso entre la multitud convencido de que aquella vez no desaparecería.

Sin embargo, cuando llegó al lugar donde la había visto unos segundos antes, solo encontró una entrada doblada sobre el suelo.
La recogió sin saber muy bien por qué y la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
No fue hasta varias horas después, ya sentado en el avión que lo llevaba a la ciudad de la final, cuando decidió examinarla.
La entrada era del primer partido del campeonato y en el reverso había escrito una frase breve: «Nos vemos en la final».
Andrés observó la nota durante un largo rato e intentó recordar cada estadio, cada grada y cada instante en que la había visto.

Aún quedaba un partido y quizá aquella mujer estuviera esperándolo en la final, o quizá nunca hubiera estado allí y todo hubiera sido un espejismo propio del cansancio.

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