Cuando Daniel regresó al puerto después de ocho meses en el mar, lo primero que hizo fue buscar la casa azul junto al espigón, lo hizo incluso antes de saludar a su hermano y antes de comprobar cuánto dinero había ganado durante la campaña.
Ella estaba allí, sentada en la terraza, con un vestido claro moviéndose al compás del viento y una copa entre las manos. Al verlo llegar sonrió. Aquella sonrisa seguía teniendo el mismo efecto que la primera vez, convertía en insignificante cualquier otro momento.
Lo besó en la mejilla, le preguntó por sus viajes y escuchó algunas historias que apenas parecían interesarle. Después le habló de otros hombres y de fiestas celebradas durante el verano.
Daniel la escuchaba y siempre ocurría lo mismo, era capaz de pasar meses imaginando conversaciones con ella y, cuando por fin la tenía delante, acababa conformándose con cualquier migaja de atención.
Sus amigos llevaban años diciéndole que aquella mujer jugaba con él, que lo mantenía cerca porque disfrutaba sintiéndose admirada, que lo alejaba cuando percibía demasiado afecto y lo atraía de nuevo en cuanto intuía que él empezaba a cansarse. Él estaba convencido de que existía otra versión, una que reservaba para los momentos en que se quedaban solos y el mundo parecía desaparecer.
Por eso volvía una y otra vez.
Cada travesía se convertía en una promesa, regresaría con más dinero, con mejores historias, con algo que por fin la convenciera de quedarse a su lado. Sin embargo, al volver descubría que todo seguía igual, ella continuaba siendo inaccesible, hermosa e indómita.
Con los años, aquella búsqueda comenzó a parecerse demasiado al mar, había jornadas tranquilas que le hacían creer que todo tenía sentido y temporales que amenazaban con hundirlo. Aun así, nunca abandonó la travesía.
Una noche de otoño, mientras el puerto celebraba sus fiestas, ella le pidió que la acompañara hasta los acantilados, caminaron en silencio bajo la luz intermitente del faro. Cuando llegaron al borde, el océano se extendía ante ellos como una inmensa superficie negra.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó ella de pronto.
Daniel sintió que el corazón se le detenía.
—No.
—Que siempre vuelves, todos los demás terminan marchándose.
La respuesta lo dejó inmóvil.
Ella sonrió, aunque aquella sonrisa no tenía nada de ternura, era la sonrisa de alguien que acaba de reconocer una verdad incómoda.
Durante unos segundos solo se escuchó el rugido de las olas rompiendo contra las rocas.
Daniel comprendió entonces algo que llevaba años negándose a aceptar, no era el hombre que había imaginado ser en sus fantasías, no era el elegido ni el amor secreto de nadie, había sido simplemente una presencia constante, una seguridad, una puerta que siempre permanecía abierta.
Ninguno de los dos volvió a hablar durante el camino de regreso.
A la mañana siguiente, cuando el sol apareció sobre el puerto, la casa azul estaba vacía.
Algunos vecinos aseguraron que la habían visto embarcar de madrugada en un velero extranjero, otros afirmaron que había partido en coche antes del amanecer, hubo incluso quien juró que la luz del faro permaneció encendida toda la noche pese a que llevaba años abandonado.
Lo único cierto es que desapareció sin dejar una nota ni una explicación.
Durante semanas, Daniel siguió bajando cada tarde al muelle. Observaba el horizonte durante horas, como había hecho tantas veces al regresar de sus viajes. Los pescadores lo veían allí, inmóvil, y pensaban que estaba esperando.
Nadie sabía si esperaba su regreso.
Una madrugada de invierno encontraron su barco amarrado en el puerto, pero Daniel ya no estaba a bordo, la cuerda había sido soltada con cuidado, como si hubiera querido evitar cualquier ruido.
Jamás apareció su cuerpo.
Tampoco volvió a verse su embarcación.
Sin embargo, algunos marineros aseguran que, en noches de niebla, una pequeña luz cruza lentamente la oscuridad, alejándose. Nadie ha conseguido averiguar si pertenece a un barco que busca llegar a alguna parte… o a un hombre que, después de toda una vida persiguiendo un espejismo, decidió seguir navegando hasta encontrarlo.