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Hombres con encanto.

22 mayo, 2026
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Aquella noche de verano en el barrio olía a gasolina, a kebab recalentado del Rachid y a tragedia romántica.

«El Tete» apareció con su buga tuneado, con más pegatinas que caballos tenía en el salpicadero y bajó la ventanilla con actitud de estrella del rock, aunque el cristal iba sujeto con cinta aislante y una pinza de tender la ropa.
En la parada del autobús estaba «La Vanesa», con ganas de comerse el mundo.
Y ese mundo era la Calle Granada.

«La Vanesa» subió con esa mirada peligrosa que tienen las personas que mastican chicle y comen chupachups como si estuvieran enfadadas con el mundo , minifalda vaquera, botas blancas y un perfume tan fuerte que el ambientador de pino del coche pidió la baja laboral.

«El Tete» arrancó dando un acelerón.
BRROOOOM.
Que arranca, que se para y que vuelve a arrancar, pusieron música a toda pastilla.
«El Tete» conducía con un brazo fuera de la ventana porque creía que eso le daba aspecto de tipo duro.

Y entonces pasó.

En el semáforo de la avenida, una moto rugió a su lado, una moto enorme, negra, brillante, pilotada por un tío con abdominales hasta en las cejas.
«La Vanesa» miró, el motorista miró y «El Tete» sudó.
Y justo cuando el semáforo se puso verde, «La Vanesa» cruzó la pierna y ocurrió la catástrofe.

El motorista se saltó el ceda el paso y un repartidor de pizzas chocó contra un contenedor, hasta un perro dejó de ladrar para observar el fenómeno.

«El Tete», celoso perdido, intentó recuperar el control de la situación.

—Bah… tampoco es pa tanto—, dijo «El Tete».
Pero claro que era para tanto, porque «La Vanesa» sabía perfectamente el efecto que causaban sus largas piernas.

Para celebrarlo pararon en “El Bonillo”, donde las bravas picaban dos veces: al entrar y al salir.
Un camarero con bigote de los años ochenta los recibió limpiando vasos con un trapo sospechosamente marrón.
—¿Qué os pongo?
—Dos bravas moderadas y dos cubatas —dijo «La Vanesa».
—Y una tila —añadió «El Tete» mirando al motorista, que acababa de entrar detrás de ellos.

El tipo de la moto se acercó sonriendo.
—Bonito coche.
«El Tete» se infló como un pavo real.

En ese momento, desde fuera, llegó un sonido metálico.
CLONC.
Todos miraron por la ventana.
El coche acababa de perder el tubo de escape él solo, sin intervención humana.
Silencio.
El motorista intentó contener la risa, «La Vanesa» no pudo.

«El Tete», derrotado por la mecánica, levantó el cubata y dijo:
—Bueno, al menos todavía tengo aire acondicionado.
—¿Tu coche tiene aire acondicionado? —preguntó La Vanessa sorprendida.
Ahí se rio hasta el camarero.

Y durante unos segundos, entre risas, humo de tabaco y canciones sonando en la máquina del bar, «El Tete» entendió una gran verdad universal:

Hay hombres con moto, y luego están los que tienen encanto.

Autor

miferro

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2 Comentarios
  1. Jose Vizcaíno dice:
    22 mayo, 2026 a las 1:21 pm

    «La raja de tú falda», claro. Muy divertido, eres un puto crack!

    Responder
  2. Joaquin dice:
    22 mayo, 2026 a las 9:40 pm

    Miguel, el tubo de escape cayéndose solo sin intervención humana es de antología. Y ese final con el cubata levantado… eso no se improvisa.

    Ahora lo importante: me inclino por «La raja de tu falda». La Vanesa cruzando la pierna y montando el caos lo dice todo. Aunque estuve dudando con «Devuélveme a mi chica».

    Que escribas más de estos, que nos hacen falta. Gracias prenda.

    Responder

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