No hay manera.
Hace ciento diecisiete días que no la veo.
Al principio los contaba por horas, después por noches y desde hace un tiempo, por mañanas. Las mañanas son la parte más difícil porque despierto con mis fantasmas.
He cambiado de número, de bar y hasta de camino para volver a casa.
Ya no paso por aquella plaza y tampoco saludo a algunos «amigos».
Mi madre dice que tengo mejor cara y yo le contesto que sí, que estoy bien, porque eso es lo que hay que responder cuando alguien te mira esperando una buena noticia.
Lo cierto es que estoy mejor, duermo más, he recuperado el apetito y ya no tengo que inventarme excusas para explicar dónde he estado o por qué vuelvo a casa con los ojos hundidos y las manos inquietas. A veces incluso consigo pasar un día entero sin pensar en ella. Entonces me convenzo de que por fin la he dejado atrás, de que todo aquello pertenece a otra vida.
Pero siempre acaba apareciendo de alguna forma.
Puede ser el olor de un portal húmedo, el chasquido de un mechero detrás de mí o alguien que entra demasiado deprisa en el baño de un bar. En esos momentos no vuelve de verdad, y quizá por eso resulta peor.
Vuelve dentro de mi cabeza, acompañada de los recuerdos buenos, porque los malos tienen la costumbre de esconderse cuando más falta hacen.
Me acuerdo de la calma, del silencio, de esa sensación absurda de que nada importaba mientras ella estuviera conmigo, nunca recuerdo lo que venía después.
Aquella tarde estaba buscando unas monedas en el cajón de la entrada cuando encontré un mechero azul.
Tardé unos segundos en reconocerlo, no era mío aunque llevaba meses en mi casa.
Recordé perfectamente quién me lo había dejado y pensé que debería devolvérselo. No porque quisiera verlo, ni porque necesitara nada, solo porque no me gustaba tener cosas ajenas en casa. La excusa era tan mala que incluso me hizo sonreír.
Podía tirarlo a la basura, podía dejarlo otra vez en el cajón, podía regalárselo al primero que me pidiera fuego, pero
en lugar de eso lo guardé en el bolsillo. Durante un par de horas conseguí olvidarme de él.
Luego, mientras preparaba la cena, metí la mano en el bolsillo y lo noté, pensé que quizá podía devolverlo al día siguiente, después pensé que tampoco tenía sentido aplazar una tontería.
A las nueve ya había decidido que solo pasaría por allí, se lo daría y volvería directamente a casa.
A las diez me repetía que no iba a subir.
A las once estaba caminando hacia aquella plaza por primera vez en ciento diecisiete días.
Mientras avanzaba, me decía que no estaba haciendo nada malo. Llevaba un mechero en el bolsillo, nada más. Era casi cómico haber tenido tanto miedo de aquel camino, incluso sentí una especie de orgullo al pensar que podía recorrerlo sin que ocurriera nada.
Entonces llegué al portal.
La bombilla del primer piso seguía fundida y el olor era exactamente el mismo. Me quedé un momento quieto, con la mano dentro del bolsillo, acariciando el mechero como si todavía pudiera fingir que había ido por él.
Antes de que llamara, la puerta se abrió.
—Cuánto tiempo —dijo.
Saqué el mechero y lo enseñé.
—Venía a devolverte esto.
Los dos lo miramos y los dos sabíamos que era mentira.
Horas más tarde desperté vestido sobre la cama, tenía la boca seca, las manos temblando y un dolor sordo detrás de los ojos. Durante un rato permanecí inmóvil, tratando de ordenar los recuerdos de la noche anterior, hasta que miré el reloj y comprendí que ya era de mañana. Hasta entonces cada amanecer había sido una pequeña victoria, aquel no.
Me quedé mirando el techo y pensé que tendría que empezar de nuevo.
Día uno.
La idea me produjo vergüenza, rabia y, sobre todo, cansancio. Busqué el teléfono con la intención de apagarlo y encontré una llamada perdida y reconocí el número inmediatamente.
Podría haberlo borrado, bloqueado el contacto o despertado a mi madre para contarle lo que había ocurrido. Sin embargo, durante unos segundos me limité a mirar la pantalla.
Y lo peor no fue tener ganas de devolver la llamada, lo peor fue sentir alivio al saber que ella todavía seguía allí, mirándome.
Que buenos estan los vicios y que dificil resulta soltarlos. No hay maneeera
😍😍