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Todo lo que queda.

21 septiembre, 2026
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La primera vez que la vio fue en una cafetería, un martes por la tarde. No habría sabido decir qué le llamó la atención, porque la mujer no era especialmente hermosa y, desde luego, no se parecían en nada. Tenía el cabello demasiado corto, los ojos oscuros y una manera nerviosa de mirar el teléfono mientras esperaba que le sirvieran el café. Nada en su rostro podía confundirse con el de ella y, sin embargo, cuando levantó la mano para llamar al camarero, él dejó de respirar durante unos segundos.
Eran sus dedos, largos y delgados, con las uñas cortas y una ligera desviación en el meñique de la mano izquierda. Sara siempre había odiado aquel dedo porque decía que parecía empeñado en alejarse de los demás, como si quisiera escapar de la mano a la que pertenecía. Él, en cambio, adoraba aquella pequeña imperfección y había acariciado aquel meñique cientos de veces mientras estaban tumbados en la cama, durante las tardes de domingo o en aquellas noches en las que ninguno de los dos tenía ganas de dormir.

Observó a la desconocida durante casi veinte minutos, mientras la veía sujetar la taza, apartarse el cabello de la frente y escribir varios mensajes en el teléfono, cada movimiento confirmaba la impresión que había sentido al verla. Aquellas manos no se parecían, pero para él eran sus manos, las mismas que recordaba entrelazadas con las suyas. Cuando la mujer terminó el café, recogió su bolso y abandonó el local, él esperó unos segundos antes de dejar unas monedas sobre la mesa y salir tras ella.

Hacía casi dos años que había muerto, un amanecer de abril, después de una noche interminable en la que la lluvia había golpeado sin descanso las ventanas del hospital. Durante mucho tiempo él había odiado aquel mes. Antes significaba primavera, días más largos y ventanas abiertas; desde entonces, abril solo le traía el recuerdo de una habitación gris, el sonido monótono de las máquinas y una mano perdiendo lentamente el calor dentro de la suya.

Durante los primeros meses había hecho todo lo que se suponía que debía hacer un hombre que pierde a la mujer con la que pensaba compartir el resto de su vida. Había llorado, había dejado de comer y había guardado su ropa en cajas que después no tuvo valor para tirar. Durante semanas durmió abrazado a su almohada, buscando un olor que desaparecía un poco más cada noche. Sus amigos le dijeron que necesitaba tiempo, su hermana le habló de un psicólogo y su madre le pidió que intentara seguir adelante. Todos parecían convencidos de que el mundo continuaba, pero ninguno comprendía que para él no había marchado del todo.

Al principio creyó que eran imaginaciones provocadas por el duelo. Una mañana reconoció su forma de caminar en una muchacha que cruzaba un paso de peatones y, días después, escuchó algo de su voz en una mujer que hablaba detrás de él en la cola de una panadería. Más tarde fue una carcajada en un autobús, una determinada forma de despertar el rostro con una sonrisa o el gesto insignificante de una desconocida al apartarse el cabello. Poco a poco comenzó a tener la inquietante sensación de que Sara se había deshecho en pequeñas partes que ahora vivían en los demás.

Durante meses luchó contra aquella idea. Cambiaba de acera, bajaba la mirada en el metro y evitaba observar demasiado a las personas, pero los fragmentos seguían apareciendo: una voz aquí, un gesto allá, una forma de andar al otro lado de la calle. Hasta que dejó de pensar que su cabeza intentaba engañarlo y aceptó una posibilidad mucho más sencilla y, para él, mucho más esperanzadora: quizá la muerte no se la había llevado, sino que únicamente la había roto y había repartido pequeños fragmentos de ella por el mundo.

Si era así, solo tenía que encontrarlos.

Aquella noche regresó a casa poco antes de las tres. Entró por el garaje y cerró cuidadosamente la puerta, porque hacía tiempo que había aprendido que el silencio era importante. Los vecinos podían perdonar una televisión demasiado alta, una discusión o algún golpe ocasional, pero había ruidos mucho más difíciles de justificar. Esperó unos minutos antes de arrastrar el pesado bulto hasta la puerta que conducía al sótano.

Aquel lugar había sido el taller de su padre y todavía conservaba el viejo banco de madera, las estanterías y algunas herramientas oxidadas que nadie había utilizado desde su muerte. Él había añadido otras cosas durante los últimos meses: una camilla de hospital comprada en una subasta, instrumentos quirúrgicos, varias lámparas articuladas y una nevera industrial cuyo motor mantenía un zumbido constante. También había libros, decenas de volúmenes de anatomía, cirugía y electricidad que ahora ocupaban las mismas estanterías donde su padre había guardado martillos y destornilladores.

Sobre la camilla, cubierta casi por completo por una sábana, descansaba la mujer que algún día volvería a ser ella. Solo sobresalía un brazo pálido, rígido y ligeramente más largo de lo que debería. Nada era todavía perfecto; algunas partes no encajaban bien y había cicatrices imposibles de ocultar, pero él había aprendido muchísimo durante aquellos meses.

Destapó el cuerpo y contempló su obra. Faltaban todavía demasiadas cosas, pero aquella noche había encontrado algo importante. Colocó sobre la mesa metálica lo que había traído consigo y comenzó a trabajar con la paciencia adquirida después de meses de práctica. Mientras lo hacía, comprendió que no se consideraba un creador, porque él no estaba fabricando nada nuevo. Simplemente estaba intentando recomponer aquello que la muerte había descompuesto. Cada fragmento encontraba su lugar y, con cada nueva incorporación, tenía la sensación de que la distancia que lo separaba se hacía un poco más pequeña.

Cuando terminó, la luz del amanecer comenzaba a colarse por el pequeño ventanuco del sótano y las nuevas manos descansaban sobre la camilla con una naturalidad que le produjo un escalofrío, eran casi perfectas.

El cabello resultó mucho más difícil. Sara tenía un color extraño, a medio camino entre el castaño y el cobre, que cambiaba dependiendo de la luz. Durante meses observó a cientos de mujeres sin encontrarlo y llegó a pensar que aquella sería una de las piezas imposibles de recuperar, una de esas pequeñas cosas que tendría que sacrificar para poder tenerla de nuevo.

Hasta que una tarde lo vio en el metro. La muchacha tendría unos veinticinco años. Llevaba auriculares y leía un libro apoyada contra la puerta del vagón. Cuando el tren salió del túnel y la claridad atravesó las ventanas, su pelo adquirió exactamente aquel tono cobrizo que él llevaba meses buscando. La siguió cuando bajó del vagón y, durante los días siguientes, aprendió sus horarios, descubrió dónde trabajaba y averiguó a qué hora regresaba sola a casa.

Aquella noche, mientras cosía cuidadosamente el cuero cabelludo, tuvo la sensación de que Sara estaba cada vez más cerca. Le habló del vecino del tercero, del frío que empezaba a hacer por las noches y de aquel verano en que habían alquilado una pequeña casa junto al mar. Le contó cosas insignificantes porque eran precisamente esas cosas las que más echaba de menos. No las grandes declaraciones ni las fotografías de viajes, sino tener a alguien a quien contarle que se había estropeado la cafetera, que el panadero había vuelto a equivocarse con el cambio o que aquella mañana había escuchado en la radio una canción que a ella le habría gustado.

Hablarle resultaba mucho más natural que hablar con los vivos. Por eso, antes de abandonar el sótano, acarició el cabello nuevo y le deseó buenas noches como había hecho tantas veces en el pasado. Fue entonces cuando creyó ver que la mano izquierda se movía.

Retrocedió asustado y permaneció inmóvil durante varios segundos, observando aquellos dedos que ya no volvieron a moverse. Intentó convencerse de que había sido un espasmo, alguna contracción provocada por el frío o por los productos que utilizaba para conservar los tejidos. Había leído que un músculo podía reaccionar incluso después de la muerte bajo determinadas circunstancias y aquella explicación debería haberlo tranquilizado, pero sucedió justo lo contrario. Esa noche, por primera vez desde que había comenzado su trabajo, se acostó convencido de que estaba cerca de conseguirlo.

Los ojos fueron los últimos, no porque fueran difíciles de encontrar, sino porque le daban miedo. Una mano podía parecerse a otra mano y dos sonrisas podían dibujar exactamente la misma curva, pero en los ojos había algo diferente, algo que no podía explicarse mediante medidas, colores o proporciones. Durante meses evitó buscarlos, quizá porque temía descubrir que aquello que intentaba recuperar no podía encontrarse en ningún cuerpo.

Sara tenía los ojos verdes y él solía bromear diciendo que no necesitaban lámparas cuando ella estaba cerca. Había algo en su mirada que conseguía iluminar incluso sus peores días. Después de su muerte, aquella luz se había convertido en uno de sus recuerdos más dolorosos. Podía cerrar los ojos e imaginar su rostro, pero nunca conseguía recordar exactamente aquel verde, hasta que encontró a Elena.

Elena vivía sola, trabajaba en una gestoría y todos los jueves cenaba con su madre. Los viernes salía tarde del trabajo y aparcaba en un garaje subterráneo donde varias cámaras llevaban meses averiadas. Aquello facilitó las cosas.

Cuando terminó, se quedó observando los ojos sobre la bandeja metálica. Eran verdes, con pequeñas manchas grises alrededor de la pupila, exactamente como los recordaba. Sin embargo, por primera vez desde que había comenzado su trabajo sintió algo parecido a la vergüenza. Uno de aquellos ojos parecía seguir mirándolo desde la bandeja y tuvo que cubrirlo con un paño antes de continuar.

Aquella madrugada completó el rostro y, al terminar, retrocedió varios pasos mientras sentía que las piernas le temblaban. Las proporciones no coincidían del todo y las cicatrices recorrían la piel como caminos trazados sobre un mapa imposible. Sin embargo, cuanto más la contemplaba, más difícil resultaba distinguir dónde terminaban sus recuerdos y dónde comenzaba aquella criatura. Allí estaban la curva de los labios, los ojos verdes, el cabello cobrizo y las manos que tantas veces habían recorrido su espalda. Todo lo que necesitaba era encontrar la manera de despertarla.

Durante meses había preparado aquella última parte del experimento. Su padre le había enseñado de niño que la energía nunca desaparecía realmente, sino que viajaba, cambiaba y buscaba siempre un camino. Él había terminado convencido de que las personas funcionaban de manera parecida. Si algo de Sara continuaba disperso entre todos aquellos cuerpos, quizá solo necesitaba ofrecerle un lugar donde reunirse.

Aquella noche comenzó a llover y la coincidencia le produjo un escalofrío. Casi dos años después, abril volvía a acercarse y otra noche gris cubría la ciudad, pero esta vez no estaba sentado junto a una cama esperando que alguien muriera, esta vez podía hacer exactamente lo contrario.

Colocó los electrodos, comprobó las conexiones y permaneció varios minutos junto a la camilla antes de atreverse a accionar el interruptor. Cuando finalmente lo hizo, el cuerpo se arqueó violentamente, las bombillas del sótano parpadearon y durante unos instantes una extraña claridad verdosa se reflejó en los ojos abiertos de la criatura. Los brazos golpearon contra la camilla y las piernas se sacudieron con tanta fuerza que una de las correas estuvo a punto de romperse. Asustado por la violencia de las convulsiones, cortó la corriente y esperó.

Durante varios minutos no sucedió nada. Contempló aquel rostro reconstruido mientras la esperanza comenzaba a abandonarlo y pensó en los dos años de búsqueda, en las calles recorridas, en todas aquellas personas observadas y en cada una de las pequeñas partes que había reunido. Tal vez se había equivocado desde el principio tal vez la muerte no era un rompecabezas que pudiera resolverse por mucha paciencia que uno tuviera.

Se acercó a la camilla y acarició su mejilla y justo en ese momento los ojos se abrieron.

La criatura respiró de golpe, desesperadamente, como si llevara una eternidad ahogándose. Sus manos se crisparon contra la camilla y las piernas comenzaron a moverse bajo las correas. Él permaneció a su lado, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos verdes, y pronunció su nombre casi en un susurro.

Ella lo miró, pero en aquellos ojos no había amor ni reconocimiento, sino un miedo tan intenso que por un instante él mismo sintió deseos de apartarse. La criatura comenzó a forcejear. Una mano tiraba desesperadamente de la correa mientras la otra se aferraba a su propia muñeca, como si intentara impedirle escapar. Una pierna golpeaba la camilla y la otra permanecía completamente rígida. El rostro cambiaba continuamente de expresión y de su garganta surgían sonidos diferentes, voces incompletas que parecían amontonarse unas sobre otras buscando una salida.

Tardó unos segundos en comprender qué estaba sucediendo. Las manos de la mujer de la cafetería recordaban el garaje, los ojos de Elena recordaban haberlo visto acercarse entre los coches y las piernas conservaban el recuerdo de otras huidas. La garganta luchaba por expulsar los últimos gritos de personas cuyos nombres él ni siquiera se había molestado en conocer. Cada parte conservaba algo de quien había sido antes de terminar sobre aquella camilla y, en lugar de devolver a Sara a la vida, había construido un cuerpo lleno de recuerdos de muertos.

Retrocedió hasta chocar contra la mesa de instrumentos. La criatura continuó forcejeando durante unos instantes y después, inexplicablemente, quedó inmóvil, como si todas aquellas partes hubieran conseguido ponerse de acuerdo al mismo tiempo. Giró lentamente la cabeza hacia él y sonrió.

Aquella sonrisa sí era de Sara.

Se acercó llorando y comenzó a soltar las correas, primero las de los brazos y después las de las piernas. La criatura se incorporó con dificultad y permaneció sentada en la camilla, contemplándolo. Por primera vez desde que había abierto los ojos no parecía asustada y él creyó reconocer en su expresión algo que llevaba casi dos años esperando volver a ver.

Durante todo ese tiempo había imaginado muchas veces aquel momento. Había echado de menos cientos de cosas, pero ninguna como sus abrazos, aquella manera de rodearlo con los brazos y acariciarle lentamente la espalda hasta que cualquier preocupación parecía hacerse más pequeña. Por eso no sintió miedo cuando la criatura abrió los brazos y se dejó envolver por ellos.

Al principio fue exactamente como lo recordaba. Cerró los ojos y apoyó el rostro contra su hombro, permitiéndose creer durante unos segundos que no existían el sótano, las cicatrices ni los cuerpos que había utilizado para reconstruirla. Solo estaban Sara y él, abrazados de nuevo después de dos años separados por una distancia que había parecido imposible atravesar. Sin embargo, uno de aquellos brazos comenzó a apretar con demasiada fuerza y, cuando abrió los ojos, la criatura se separó lentamente y dejó una mano apoyada sobre su pecho, justo encima del corazón.

Permaneció así unos segundos, como si escuchara sus latidos bajo la palma. Después inclinó ligeramente la cabeza y su expresión cambió. Ya no parecía perdida ni asustada; parecía haber encontrado exactamente aquello que llevaba buscando desde que había abierto los ojos.

—Falta uno.

Él no comprendió aquellas palabras hasta que los dedos comenzaron a cerrarse sobre su camisa y, entonces, el recuerdo del hospital regresó con una claridad insoportable. Volvió a ver la habitación blanca, las máquinas, la lluvia golpeando los cristales aquella madrugada de abril y su respiración cada vez más débil. Recordó su mano agarrada a la suya y aquella última conversación que llevaba casi dos años intentando borrar de su memoria. Sara le había preguntado qué haría cuando ella ya no estuviera y él, destrozado, le había prometido que jamás permitiría que desapareciera por completo.

De una forma monstruosa, había cumplido aquella promesa. Había encontrado su voz en una desconocida, su forma de andar al otro lado de una calle, sus ojos verdes en Elena, sus manos en aquella mujer de la cafetería y su cabello en una muchacha del metro. Había perseguido sonrisas, gestos y recuerdos, recorriendo la ciudad para recoger cada pequeño fragmento que el mundo parecía haber conservado de ella. Sin embargo, durante todo ese tiempo nunca había buscado su corazón, porque el corazón de Sara no estaba repartido por el mundo de la misma manera que el resto.

Lo había llevado él durante todo aquel tiempo.

La criatura apretó la mano contra su pecho y las uñas atravesaron la camisa hasta que sintió el primer hilo caliente de sangre descendiendo por su piel. Podría haber intentado escapar o gritar pidiendo ayuda, pero permaneció inmóvil mientras aquellos ojos verdes lo contemplaban con una ternura que llevaba dos años esperando volver a ver. En ese instante comprendió que quizá nunca había estado reconstruyéndola, sino preparándose para su regreso.

Había reunido su voz, su andar, su sonrisa, sus ojos, sus manos y cada pequeño recuerdo que todavía permanecía disperso entre los vivos. Había intentado recomponer todo cuanto la muerte había separado y solo le faltaba una última pieza, aquella que él había conservado desde el día en que murió.

Mientras los dedos de la criatura se hundían un poco más en su pecho y aquella luz verde comenzaba a apagarse ante sus ojos, comprendió que también él estaba hecho de pequeños pedazos de ella y que, después de tanto tiempo buscándola por todas partes, había olvidado el único lugar donde nunca se le ocurrió mirar, dentro de sí mismo.

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miferro

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2 Comentarios
  1. Joaquin Martinez dice:
    21 septiembre, 2026 a las 7:39 pm

    ​Si escuchas de fondo «Estoy hecho de pedacitos de ti» de Antonio Orozco mientras lees esto, el corazón te da un vuelco.
    ​Este relato es una pequeña maravilla: coge la nostalgia de ese verso para tejer una historia electrizante y sobrecogedora que te eriza la piel y se te queda grabada dentro.

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  2. Reme dice:
    21 septiembre, 2026 a las 8:40 pm

    Sin palabras!!! Simplemente es precioso, si la canción es bonita tus palabras lo superan. Tú fan número 1

    Responder

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