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Las cenizas del olvido.

3 noviembre, 2026
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Segunda parte de «La ciudad de las moscas» – https://www.miferro.es/?p=691

El zumbido que había comenzado la noche anterior seguía instalado en mi cabeza. No era doloroso, pero resultaba incómodo, como una mosca atrapada en una habitación sin salida.
Tomé mi pastilla roja y me dirigí al Archivo Central de Memoria, convencido de que el tratamiento acabaría corrigiendo aquella anomalía. Al atravesar la plaza descubrí algo nada habitual: una pequeña columna de humo ascendía entre los edificios de la ciudad XX.

Los incendios habían desaparecido hacía décadas, nadie cocinaba con fuego, las viviendas carecían de chimeneas y cualquier combustión estaba estrictamente controlada. Por eso me sorprendió encontrar un expediente relacionado con otros cuatro incidentes similares. En todos habían aparecido una caja de cerillas consumidas y una fotografía parcialmente quemada. No existían daños importantes, pero alguien parecía empeñado en devolver a la ciudad algo que estaba olvidado ya.

Seguí indagando y descubrí que los incendios coincidían con las visitas de una anciana al Archivo.
Siempre solicitaba consultar expedientes de personas fallecidas durante la Gran Crisis y abandonaba el edificio antes del anochecer, lo extraño era que sus solicitudes terminaban siempre en mi departamento.
Aquella tarde decidí seguirla. Caminó hasta un barrio antiguo, atravesó un jardín cubierto de maleza y entró en una vivienda que parecía llevar décadas deshabitada. Desde la ventana observé cómo colocaba varias fotografías sobre una mesa y encendía una cerilla.

Entré antes de que el fuego se extendiera.
La mujer no mostró sorpresa al verme, se limitó a apagar la pequeña llama y guardar cuidadosamente las cenizas en un frasco de cristal. Me explicó que, antes de la implantación del Proyecto XX, había compartido su vida con un hombre en una casa frente al mar. Habían sido felices, o al menos eso creía, pero ya no recordaba su rostro, ni su voz ni las promesas que se hicieron.
Cuando él murió, el dolor la llevó a solicitar el tratamiento que acabaría borrando su pasado, sus momentos felices.
Había quedado atrapada entre dos tierras: la de una vida que no recordaba y la de otra no elegida.

—¿Y por qué quema las fotografías? —pregunté.
—Porque durante unos segundos vuelvo a sentir algo.

Me mostró las imágenes que todavía quedaban sobre la mesa. Eran copias obtenidas de antiguos expedientes, recuerdos de personas que habían pasado por el mismo procedimiento, algunas mostraban parejas abrazadas, otras reuniones familiares o niños jugando. Comprendí entonces que los pequeños incendios no habían sido actos de vandalismo, sino una manera desesperada de recuperar emociones que el sistema consideraba innecesarias.

—Sabía que terminarías encontrándome —dijo mientras recogía las fotografías.

Levanté la mirada, sorprendido.

—¿Cómo?

—Llevo semanas visitando el Archivo para que me veas, necesitaba que fueras tú quien viniera hasta aquí.

Se acercó a un viejo armario y extrajo una caja metálica. En su interior había un único papel amarillento, cuidadosamente doblado, era lo único que había conseguido conservar de su pasado.
No recordaba haberlo escondido, pero lo había encontrado años después en el bolsillo de un abrigo antiguo.
Era una solicitud de conservación de memoria, fechada poco después de la muerte de su marido y la abrí con cierta inquietud.
La mujer había pedido conservar un único recuerdo: la voz de su esposo pronunciando su nombre. No solicitaba recuperar su matrimonio ni evitar el dolor de la pérdida, solo quería recordar cómo sonaba aquella voz que la había acompañado durante tantos años.

La petición había sido denegada.
Al pie del documento figuraba la firma del responsable que había autorizado la eliminación completa de sus recuerdos era la mía.
—Te supliqué que me dejaras conservar algo —dijo la anciana—. No recuerdo aquel día, pero aquí está escrito. Dijiste que el protocolo no admitía excepciones.

La mujer me explicó que había encontrado mi nombre en aquel documento y que, después de localizarme en el Archivo, comenzó a provocar los incendios, una pequeña chispa para despertar mi curiosidad.
Había elegido fotografías relacionadas con expedientes que llevaban mi firma, sabía que terminaría investigándolos.

—No quiero que me devuelvas mis recuerdos —continuó—. Sé que eso es imposible. Solo quería que supieras lo que hiciste con ellos.

Cuando regresé al Archivo Central consulté aquellos expedientes.
Todos correspondían a personas que habían solicitado conservar algún fragmento de su vida anterior: una fotografía, una carta, una canción o el recuerdo de alguien amado, todas las peticiones habían sido rechazadas por considerarse incompatibles con la estabilidad emocional.

Y en todas figuraba mi firma.

Aquella noche no tomé la pastilla roja. Permanecí sentado junto a la ventana, contemplando las luces de una ciudad donde nadie recordaba haber amado. Sobre la mesa descansaba la última cerilla que la anciana me había entregado antes de despedirnos y comprendí que no era necesario prender fuego a una casa para reducir una vida a cenizas, yo llevaba años haciéndolo sin encender una sola llama.

Autor

miferro

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Un comentario
  1. mj dice:
    3 noviembre, 2026 a las 3:26 pm

    👌❤️

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