Había aprendido a sostener el mundo cuando este se rompía.
No era la primera vez, hacía no tanto la vida le había golpeado con una fuerza que no admite ensayo: la pérdida de su padre en circunstancias tan duras que aún hoy evitaba recorrer esos recuerdos sin sentir cómo algo se encogía por dentro, aquello no se supera, se aprende a caminar con ello.
Y ahora su madre.
Sabía que llegaría, los años no perdonan, y ella ya había vivido lo suficiente como para que la despedida dejara de ser una posibilidad lejana. Pero saberlo no alivia, nunca alivia. Porque una madre no es tiempo, es refugio y perder un refugio, incluso cuando uno ya tiene más de cincuenta años, es quedarse un poco a la intemperie.
No lloraba como cuando era niño, lloraba en silencio, con esa contención que solo tienen los que han aprendido a ser fuertes para otros.
Lo era para sus hijos, a quienes había enseñado sin grandes discursos, solo con su forma de estar en el mundo, con paciencia, con presencia, con esa manera suya de hacer fácil lo difícil, un padre que no necesitaba decir cuánto quería, porque se notaba en cada gesto.
Lo era también para sus amigos, de esos que no fallan, que están cuando hace falta, sin hacer ruido, sin pedir nada a cambio, de los que sostienen conversaciones y silencios con la misma lealtad.
Y lo había sido, sobre todo, para sus padres.
Un gran hijo, de los que cuidan, de los que están, de los que no miran hacia otro lado cuando la vida se vuelve complicada, de los que entienden que querer también es acompañar hasta el final.
Ahora camina con dos ausencias que pesan, pero no le rompen, porque en realidad, no está vacío, está lleno, lleno de lo que recibió, de lo que dio, de lo que sigue dando.
Y aunque hoy el mundo parezca un poco más frío, hay algo que permanece intacto: todo lo que fue, todo lo que es, y todo lo que deja en los demás.
Eso —aunque duela— nadie se lo puede quitar